entorno básico
febrero 4, 2013 § Deja un comentario
Una de las cosas que quizá sorprendan a los fenomenólogos de la religión del futuro es nuestra fe. ¿Cómo podían —se preguntarán— confesarse creyentes sin tener a Dios presente en todas las cosas? ¿Cómo pudieron olvidar a Dios fuera de sus reuniones y días de precepto? ¿Acaso su Dios fue simplemente un resto de serie, una excusa, una obra de arte, en modo alguno, alguien de quien dependieran por entero? Puede que esos fenomenólogos comprendieran mejor que nosotros que una fe difícilmente puede ser un tema estrictamente personal, un asunto privado. Pues, si la sociedad no es cristiana —o, cuanto menos, el entorno en el que uno habita—, no cabe algo así como una presencia de Dios. Es muy difícil encontrarse cabe Dios en el día a día donde, pongamos por caso, apenas hay crucifijos en las casas o en las encrucijadas (como ocurría en la Europa medieval). Ciertamente, una sociedad cristiana no está exenta de equívocos. Pues, Dios, por defecto, no puede llegar a ser algo demasiado obvio —algo que damos por descontado—, sin que sea falsificado como Dios. Ahora bien, una sociedad cristiana no se define tanto por los signos y los ritos como por las vidas que hay detrás de esos signos y esos ritos. Esto es, por sus héroes, los mártires, pues los mártires, como ya dijera Tertuliano, son la semilla de la fe. Y, sin duda, donde los mártires han dejado de estar presentes —donde lo presente es el cuerpo semidesnudo de la top de turno, por decir algo—, ninguna existencia, salvo milagro, podrá enfrentarse a la (im)posibilidad de Dios. Por eso resulta tan naïve creer que uno puede apañárselas por su cuenta en los asuntos de Dios. Y es que un Dios demasiado personal —un Dios intransferible— siempre acaba siendo una solución en falso al problema de la existencia.