pistas para entender el Credo
febrero 11, 2013 § Deja un comentario
Muchas de las declaraciones de la fe tienen un sentido más o menos inmediato para quienes dan por hecho que se encuentran cabe Dios. Desde esta óptica, podríamos decir que constituyen aclaraciones de una posición religiosa fundamental, aunque, en tanto que cristianas, esas aclaraciones tengan que comprenderse como una revisión crítica de dicha posición. Sin embargo, uno podría preguntarse cómo afecta la experiencia bíblica de Dios como un Dios que se oculta (Is 45, 15) o en retirada (Ex 33, 20-23) al hecho de encontrarse cabe Dios. O, por decirlo de otro modo, si es cierto que tan solo los pobres están autorizados a hablar de Dios —si es verdad que el lenguaje acerca de Dios solo resulta significativo desde la óptica del sufrimiento inabarcable de los hombres—, entonces el encontrarse cabe Dios no puede entenderse como un encontrarse que da a Dios por hecho, sino como aquél que pone a Dios en suspenso. Pues ser pobre supone, cuanto menos, haber sido dejado de la mano de Dios. Quien permanece honestamente a la espera de Dios, no puede dar por hecho a Dios. Y esto es así casi por definición. La cuestión creyente no es, por tanto, si existe Dios, sino dónde se encuentra. El problema de la existencia de Dios tan solo ocupa la mente de quien presupone que Dios tiene que ubicarse en algún lugar y no a quien cree que Dios es su darse como hombre, mejor dicho, como hombre colgado de una cruz. Y es que, desde la óptica creyente, Dios no se da como el interventor cósmico —como aquel que, desde los cielos, puede entrometerse en la vida de los hombres—, sino como aquél que, en sí mismo, aún está por ver o, mejor dicho, como aquél que, por los siglos de los siglos, debe aparecer. Por eso, porque la invisibilidad de Dios es eterna —porque el deber ser de Dios no puede ser realizado en los tiempos del hombre— puede Dios revelarse como Crucificado. Quien se pregunta por la existencia de Dios aún no ha comprendido que la realidad de Dios es su historia, su entrega, su testamento en favor del Hijo. De ahí que únicamente el clamor de aquellos que le invocan desde los infiernos y no el sentimiento de dependencia de la sensibilidad típicamente religiosa pueda mantener tensa la cuerda que une la existencia de los hombres a la increíble posibilidad de Dios.