fe moderna

febrero 14, 2013 § Deja un comentario

¿Puede un hijo de la Modernidad creer honestamente que Jesús es Dios? ¿Puede confesarlo y no solo decirlo? ¿Puede, en definitiva, modernizarse el cristianismo? Algunos fácilmente creen que sí. Pero solo porque aún no han comprendido el alcance de la pregunta. Pues no se trata simplemente de actualizar los cantos de misa o de cambiar el latín por la lengua vernácula. La posición básica del sujeto moderno ya no es la de quien se siente formando parte de un orden o designio divino. El sujeto moderno es esencialmente un individuo, alguien que, en lo más profundo de sí mismo, no se siente vinculado a nada que se encuentre por encima de su propia finitud. En tanto que individuo, el sujeto moderno, en cierto sentido, ha ocupado el lugar de Dios y, por eso mismo, se encuentra como quien dice fuera del mundo. El mundo es, para el sujeto moderno, algo que se halla enfrente, algo literalmente objetivo. Su posición básica es, por tanto, la de quien se mira las cosas desde una cierta distancia, la distancia del espectador. Un individuo —un enajenado del mundo— nunca se encuentra del todo allí donde está. Por eso, todo fácilmente se halla bajo sospecha, entre paréntesis. De ahí que, para el sujeto moderno, el sentimiento de, pongamos por caso, estar lleno del Espíritu ya no remita por defecto a Dios, sino a uno mismo. Así, ¿puede alguien, cuyo sentimiento básico no es el de pertenencia, reconocer a Jesús como Señor? ¿Puede declarar sinceramente que pertenece al Espíritu de Dios? Me atrevería a decir que sí, pero no ya religiosamente. Esto es, solo bíblicamente. Pues el sentimiento de pertenencia del creyente bíblico no es el de aquél que se siente vinculado a un orden cósmico, sino a la exigencia de una última palabra que no acaba de pronunciarse. Un creyente no se encuentra pendiente de participar de un cierto poder cósmico, sino de otros tiempos, más allá de la Historia. Un judío ya es, por definición, un individuo. Y la Biblia un libro para quienes no pueden hacer de este mundo un hogar. De hecho, los primeros en alcanzar la individualidad no fueron los modernos, sino los esclavos de Egipto, esos desarraigados que, una vez liberados, fueron dando tumbos por ahí hasta alcanzar la convicción de que pertenecían a un Dios que, en sí mismo, se encuentra más allá de la totalidad y que, por eso mismo, solo puede darse como la increíble promesa de sí mismo. De hecho, no es casual que la individualidad moderna sea hija, aunque bastarda, de dos mil años de cristianismo. La posibilidad de una modernización de la fe pasa, por tanto, por hebraizar el cristianismo, por devolverle las raíces judías de la experiencia de Dios que se revela en la Cruz, raíces sin la cuales, el cristianismo difícilmente puede sortear las procelosas aguas de gnosticismo. Ahora bien, esta modernización pasa también por admitir aquello tan bíblico de que un creyente no tiene por qué tener una experiencia directa de Dios —pues solo unos pocos, por suerte, llegan a tenerla—. Si podemos creer es porque alguien la tuvo por nosotros. De ahí que Pablo dijera con retórica eficaz que es la fe del Crucificado la que nos justifica ante Dios —la que nos permite esperar que el Sí tendrá la última palabra— y no las cosquillas que podamos experimentar en nuestro interior cuando pronunciamos obsesivamente la sílaba om.

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