1Co 15, 1-11

febrero 15, 2013 § Deja un comentario

Como es sabido, en este breve fragmento, Pablo expone el núcleo duro del kerygma cristiano, a saber, que Cristo murió por nuestros pecados; que fue sepultado y resucitó al tercer día. A continuación, le sigue la lista de las apariciones. Lo interesante aquí es que la confesión creyente —el contenido de la fe— no es algo de lo que quepa una experiencia directa, como quien dice: que Cristó muriese por nosotros y que fuera exaltado a la derecha de Dios, es algo que solo podemos ver a través de las escrituras judías. Pablo insiste en que tanto una cosa como otra son según las Escrituras. Esto es, estamos ante una comprensión de lo que representa la vida y muerte de Jesús de Nazareth, en definitiva, el cumplimiento de la Palabra, la Promesa de Dios. El Credo, no hay que olvidarlo, es un reconocimiento, una confesión, un caer en la cuenta. Por eso, tan solo quienes se encuentran a la espera de Dios, pueden ver lo que vieron esos primeros creyentes. Pablo entendió, ciertamente, que el kerygma evangélico era universal, y no solo patrimonio de Israel. Pablo dió por sentado, a la usanza del antiguo profetismo, que Israel era la cifra de la humanidad. Pero de ahí no cabe deducir, como hacen algunos hoy en día, que Pablo creyese que la aceptación del kerygma, el reconocimiento del Crucificado como Señor, no exigía una mínima adhesión a las Escrituras. Desde el politeísmo —desde las prácticas que tratan a Dios como un poder, en definitiva, natural; desde la idea que concibe a Dios a lo grande, es decir, desde la distinción entre lo diminuto y lo gigantesco— quizá quepa, aunque no sin fricciones, la apoteosis de Jesús, su divinización, pero en modo alguno es posible la confesión creyente, la visión que identifica a Dios con Jesús de Nazareth. La experiencia creyente se encuentra del lado de las apariciones. Son ellas —y solo ellas— las que nos permiten ver en el Crucificado el cumplimiento de las Escrituras, esto es, de la Palabra, la Promesa de Dios. Las apariciones legitiman la adhesión creyente, el reconocimiento de Cristo como Señor. Las apariciones no demuestran la resurrección, pero sí conducen a la fe en la resurrección. Desde las apariciones, los primeros creyentes pudieron comprender que Jesús es el Señor de la profecía de Isaías. Ahora bien, las apariciones no son historias de un zombie bueno. Los relatos de las apariciones destacan el hecho de que Jesús siempre se aparece bajo el aspecto de otro. En este sentido, uno puede perfectamente sospechar que a Pablo, el gran perseguidor, se le apareció Jesús en la forma de Esteban, el protomártir que murió como Jesús, perdonando a sus verdugos. No casualmente, el relato de los Hechos indica que fue Pablo quien recogió el manto de Esteban. Y es que aquí ocurre lo que de aquella superviviente de Auschwitz que acabó creando un orfanato en Jerusalén: que lo hizo en nombre de sus nueve hijos gaseados, los cuales se le aparecieron en los huérfanos de Israel.

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