el Dios que se da por sentado

febrero 16, 2013 § Deja un comentario

No es posible creer donde partimos de la pregunta por la existencia de Dios, pues quien se pregunta por dicha existencia, de hecho, se pregunta si existe algo o alguien que se corresponda con una determinada idea de Dios. En este sentido, la pregunta por la existencia de Dios es análoga a la pregunta por la existencia del bosón de Higgs o de extraterrestres en Marte. Aquí, la representación mental va por delante. La fe, sin embargo, no es el resultado de un haber comprobado nuestra idea previa de Dios. Un creyente es aquel que, de buen comienzo, se encuentra cabe Dios, no aquel que poseyendo de antemano una representación de Dios creer haber encontrado esos hechos que parecen confirmarla. Ahora bien, este encontrarse cabe Dios no se da a la manera de la experiencia pagana de la divinidad. Para el paganismo —para la religión en general—, un dios es un poder, en definitiva, natural, aunque su naturalidad encuentre su raíz en la dimensión oculta del mundo. En definitiva, para la sensibilidad pagana, un dios es algo que podemos dar por hecho. El dios del paganismo pulula por el mundo como los pájaros o las moscas, aunque, a diferencia de los pájaros o las moscas, solo podamos constatar su presencia a través de sus efectos. Ahora bien, bíblicamente hablando, Dios, en tanto que se revela como la promesa o el por-venir mismo de Dios, no es aquél que podamos dar por descontado. El encontrarse cabe Dios de la experiencia bíblica de Dios surge, precisamente, de la quiebra de la experiencia pagana de lo divino, del dios que garantiza con su intervención el arraigo del hombre en la tierra. El poder del Dios en verdad no es el poder de las fuerzas con las que el hombre debe aprender a tratar, sea ritual o científicamente. El poder de Dios es el que mantiene el mundo pendiente del hilo de una última palabra, aquél que tiene al mundo en jaque y, por eso mismo, lo sostiene con su misericordia. El poder de Dios es el poder de su Voluntad o Mandato. Es el poder que la transfiguración de los hombres. Si el tiempo presente —el tiempo de la Historia— es el tiempo de la misericordia de Dios es solo porque el mundo se mantiene a la espera del día del Juicio. No cabe encontrarse bajo la misericordia de Dios donde prescindimos del Dios que nos preguntará qué hicimos con el hambriento. El presente es una prórroga para quien se encuentra a la espera de Dios. Y todo ello no porque el creyente lo suponga, sino porque acoge la vida como aquello que le ha sido dado desde el horizonte mismo de la muerte. Para quien acoge el milagro de la vida, hay algo de inconcluso en la Creación. Hay algo en la Creación que exige una última palabra, pues, desde la óptica de una existencia que sigue habitando en el séptimo día de la Creación, vida y muerte se nos presentan como las dos caras de una misma moneda. Y esto es, precisamente, lo que no puede ser: la vida debe triunfar sobre la muerte. La fe es, en definitiva, un síntoma. Quien abraza la vida como esa vida que le ha sido entregada dentro de un plazo —quien experimenta la vida como don— no puede admitir (y conviene subrayar que se trata de una impotencia) la impía indiferencia de un cosmos dejado de la mano de Dios. Al menos mientras no acepte la Revelación de la Cruz, el creyente es aquél que permanece en la perplejidad de Job a la espera de una última palabra. De ahí que la pregunta creyente por Dios, no sea la de si Dios existe o no, sino la pregunta que invoca a Dios desde las profundidades abisales de la Historia. El cuestionamiento de Dios —el preguntarle a Dios por Dios— define en gran medida la situación del creyente. Pues solo desde este cuestionamiento puede Dios cuestionar al hombre, interrogarle por el destino de los hambrientos. Tan solo desde la pregunta que Dios le dirige a Caín, puede el hombre convertirse en rehén de su hermano. Quien se pregunta por la existencia de Dios ya se encuentra, por tanto, fuera del alcance de Dios. Ocurre aquí como con el amor. Pues los amantes que continuamente se preguntan si se aman o no, fácilmente verán como el amor que puedan haber alumbrado se disuelve como azúcar en el café. Quienes se aman de verdad están respectivamente en deuda. Los amantes siempre se deben el amor que se dan. Y, por eso mismo, el amor permanece como aquello pendiente de consumación. De ahí que el amor en verdad solo pueda darse como promesa o esperanza. Al final, el Sí debe prevalecer, no porque necesitemos creer en la posibilidad de un final feliz, sino porque lo que se nos dio desde la nada es más fuerte que todo cuanto podamos conseguir por nosotros mismos.

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