selfmade

febrero 18, 2013 § Deja un comentario

Para la aristocracia romana, el kerygma cristiano no dejaba de ser algo así como un manual de autoayuda para «perros». Pues, lo cierto es que aquellos que viven como «perros», y que, por consiguiente, acaban comportándose como tales, para lo bueno y lo malo, necesitan agarrase al clavo ardiendo de una palabra que les diga que ellos sí que valen, que su miseria no constituye un destino. Ocurre aquí como en el caso del cuento de la Cenicienta: que su público natural es el de aquellas chicas que, por su condición, no pueden aspirar sensatamente al deseo de un hombre extraordinario. El mensaje, de por sí, posee una fuerza apabullante: a pesar de las apariencias, en tu interior hay una princesa que solo un hombre de verdad será capaz de ver. Quien se atreva a decir esto con la suficiente convicción tiene la partida ganada. Sustituyamos la palabra «princesa» por la expresión «chispa divina» y estaremos pisando las arenas movedizas del gnosticismo. Y, ciertamente, algo de esto hay, pues resulta difícil de creer que el kerygma cristiano pudiera arraigar entre los desarraigados del Imperio sin unas buenas dosis de mito. Sin embargo, el testimonio de los Padres —desde Tertuliano hasta Ireneo— nos da a entender que la salvación no consiste simplemente en una solución personal al problema de la existencia. Lo que se puso en juego en la Cruz de Jesús de Nazareth no fue simplemente un yes, we can. ¿Quién podría decirlo sin ruborizarse viendo el modo en que murió? ¿Acaso el final de Jesús de Nazareth no fue como si el príncipe de la Cenicienta en realidad se hubiera aprovechado de ella para venderla a un prostíbulo? Aquí no vale apelar al hecho de la resurrección para maquillar el asunto, pues la resurrección fue según las Escrituras. No hay hechos que validen la resurrección. La resurrección es un cumplimiento y como tal solo puede revelarse como aquello que representa la Cruz, a saber, que en la Cruz, Dios se deja ver como el Crucificado. Y esto no podemos decirlo como si tal cosa. Pues un Dios que solo se deja ver de este modo no puede seguir siendo el dios de la «religión», aquél que garantiza las posibilidades mundanas del hombre desde las tramoyas celestiales. De ahí que los Padres insistieran, siguiendo a Pablo et al., en la naturaleza cósmica del acontecimiento de la Cruz. Y es que, si la fe solo consistiera en un asunto estrictamente personal, entonces quizá deberíamos admitir que para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas.

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