de dioses y fuerzas
febrero 21, 2013 § Deja un comentario
Si hemos de hacer caso de la etimología de la palabra «religión» —si es cierto que cualquier religión pretende, en el fondo, recuperar el vínculo perdido con la plenitud de lo real—, entonces ¿no deberíamos admitir que, en religión, lo de menos es «Dios»? Si de lo que se trata es de «recuperar fuerzas», no parece que importe demasiado cómo denominemos a la fuerza que hay que recuperar. Así, tanto podemos llamarla «Dios» como podemos no hacerlo. El nombre «Dios» es, como decíamos, lo de menos. La fuerza es la fuerza y da igual cómo lleguemos a nombrarla. Ahora bien, dicho esto, no deja de llamar la atención que en la Biblia, el nombre de «Dios» no sea lo de menos, sino, al contrario, lo de más. Pues, cuando desde la fe sostenemos que de Dios, en sí mismo, tan solo poseemos su nombre —un nombre por otro lado impronunciable y, por eso mismo, inservible a la hora de tratar mágica o ritualmente con Dios—, lo que estamos dando a entender es que la palabra «Dios» no puede comprenderse como el nombre de un poder que subsista por sí mismo. Si Dios es real —que lo es—, entonces su realidad no puede ser la del fenómeno. Si Dios en sí mismo es tan solo un nombre es porque la experiencia de Dios es, precisamente, la experiencia de un Dios que sigue estando pendiente. O, por decirlo en creyente, que Dios es, antes que un poder, una promesa de sí mismo. Y porque esto es así el poder de Dios solo puede ser comprendido literalmente, esto es, como su posibilidad.