verdadero-falso

marzo 7, 2013 § Deja un comentario

La cuestión de la verdad no es posterior al decir. Esto es, no es que primero digamos y luego nos preguntemos por la verdad de lo dicho. La pretensión de decir en verdad va con el decir. De ahí, nuestra espontánea credulidad ante cualquier cosa que escuchemos decir. Por defecto, las cosas tienen que ser tal y como son dichas. Cuando escuchamos decir que A es B, de entrada damos por sentado que A debe ser tal y como decimos, esto es, B. No es posible decir algo de algo sin que ese decir se encuentre originariamente sometido a la exigencia de decir las cosas tal y como son. Ciertamente, cabe la posibilidad de mentir. Una vez entendemos, por ejemplo, que el precio es el signo del valor es posible poner un precio para simular un valor. Y, precisamente, porque el hombre puede mentir, nos preguntamos por el criterio de verdad, siendo el más común el ver y el tocar. Como si fuera posible un acceso a la realidad independiente del lenguaje. Pero al depender de un criterio externo al lenguaje, lo que perdemos por el camino es, precisamente, la realidad, en tanto que una realidad —la alteridad de lo percibido— solo puede ser propiamente dicha. Y es que sobre los simples hechos —sobre una realidad que solo se nos da según el molde de nuestra sensibilidad— siempre recaerá la sospecha de irrealidad. Por eso la necesidad religiosa —la necesidad de recuperar el vínculo con lo real— comience en el mismo momento en que el hombre fue capaz de mentir, esto es, de construir un yo. Como si el hecho de ser hombre fuera con el existir enajenados de lo real.

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