el hijo pródigo

marzo 15, 2013 § Deja un comentario

La parábola del hijo pródigo es, como tantas otras, un escándalo, es decir, algo que humanamente no podemos admitir sin dificultad. Desde nuestro punto de vista, la alegría de Dios es claramente injusta. ¿Cómo Dios puede alegrarse en mayor medida del arrepentimiento del hombre que de su fidelidad? Sin duda, podemos comprender fácilmente dicha alegría, si nos ponemos del lado del padre, pero no, si nos ponemos en la piel del hermano mayor. La alegría de Dios, sin embargo, adquiere su sentido desde la expectativa apocalíptica de un Juicio inminente. Dios quiere que todos se salven y Jesús estaba convencido de que él había sido enviado como heraldo de la voluntad de Dios. Pues bien, el que se había dado por perdido ha vuelto a casa y todo puede, de nuevo, comenzar. Quizá el sentido profundo de la parábola resida en cómo debería entenderse la expectativa apocalíptica de un final de los tiempos. Y es que una cosa es creer que habrá un día en el que, por la mediación del Justo y en nombre de Dios, vivos y muertos serán puestos en su justo lugar, y otra muy distinta, creer que no habrá final de los tiempos hasta que no sea redimido el último de los hombres. Es posible que la parábola no trate tanto del arrepentimiento que conduce a la salvación como del nuevo comienzo que sucede a la reconciliación. Si el día final es el primer día de una nueva Creación, la parábola nos da a entender que no hay final mientras sigan habiendo hombres en pecado. Hasta aquí, sin embargo, nada que pueda extrañarnos. Lo extraño es que, del lado de Dios, el pasado no importe en absoluto donde media la reconciliación. Para hacernos una idea del carácter humanamente inaceptable del asunto, podemos imaginar al hijo pródigo no como aquél que ha dilapidado su fortuna —la vida que ha recibido— con rameras, sino como quien invirtió su herencia en el negocio, pongamos por caso, del tráfico de blancas. Aquello que resulta inaceptable para el hombre de bien es que el pasado no cuente a efectos del ajuste de cuentas. Como si el mal fuese reparable con la mera conversión del hijo de puta. Pero ¿es que Dios no quiere que hagamos el bien? Ciertamente… en principio. Sin embargo, tal y como han ido las cosas de los hombres, lo que ahora quiere Dios es que todos se salven. Pues ni siquiera el justo —tal es la convicción del profeta— se encuentra justificado ante Dios. Como dice Pablo citando al salmista, en verdad no hay justos. Todos existimos de espaldas a Dios. Esta y no otra es nuestra situación antes de topar con el perdón del Crucificado. Y es que, en definitiva, el hombre solo puede hacer lo debido desde la Gracia. Tal es la convicción cristiana: que donde no media la Gracia, la Ley siempre se encuentra al servicio de la justificación del hombre por el hombre.

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