la modernité
marzo 16, 2013 § Deja un comentario
El problema de la Modernidad con Dios es el problema de Modernidad con lo Real. Y es que la Modernidad difícilmente podrá desembarazarse de la sospecha que la engendra. Cuando la pregunta fundamental es la pregunta por las condiciones de la certeza —cuando el primer interés es el de asegurar la verdad de lo que decimos—, la Realidad solo puede mostrarse como aquello que corresponde a la representación verdadera. O, por decirlo de otro modo, como el hecho que se ajusta al marco que impone una subjetividad que se concibe a sí misma como la condición de posibilidad de lo dado. Para el sujeto moderno no hay más que cosas. Ahora bien, con ello el sujeto moderno olvida que si podemos ver cosas es porque en la cosa hay algo que se escapa a la condiciones de la receptividad. Esto es, porque el carácter otro de la cosa se sustrae a la visión. Olvida que si podemos ver cosas es porque siempre podemos preguntarnos por lo que esa cosa, en definitiva, es, más allá de su manifestación sensible; porque su alteridad no se agota en la descripción de sus características visibles. El sujeto moderno difícilmente comprende que si algo se nos da de un modo u otro es porque ese algo, en sí mismo, no se nos da. En definitiva, el problema de Descartes es cómo salir de uno mismo, como alcanzar la certeza de que hay algo más ahí sobre la base de la certeza de sí. El drama del hombre moderno es que, habiéndose desembarazado de los materiales de la superstición, la alteridad misma de lo Real, su carácter trascendente o, si se prefiere ausente, solo podrá ser propiamente objeto de un decir. La presencia de lo Real, en tanto que ya no puede ser corporalmente asumida por las imágenes de la superstición, solo podrá ser pensada. De ahí, que la Realidad sea, para quien habita un mundo desacralizado, pura promesa o, por decirlo de otro modo, aquello aún pendiente del mundo.