patriarcas (2)

marzo 17, 2013 § Deja un comentario

Supongamos por un instante que los grandes creyentes renegaran de su fe. Supongamos que todos, desde Teresa de Calcuta hasta el papa Francisco, desde Pedro Arrupe hasta Lluis Espinal, desde Casaldàliga hasta Grégoire Ahongbonon…, hubieran tirado la toalla, confesado que, en definitiva, esto de la fe es un bluff. Supongamos que nadie llegase a confiar verdaderamente en Dios. Que nadie pudiera obedecerle hasta al final. Que nadie llegara a obrar en su nombre. Que Jesús hubiera muerto tranquilamente en Cachemira, rodeado de nietos y avergonzado de su delirio apocalíptico. ¿Acaso habría Dios? ¿Podríamos decir que Dios sigue de algún modo ahí? Si Dios fuese aquél que habita en los cielos o, como decimos fácilmente hoy en día, esa energía que flota en el ambiente, no harían falta creyentes. Bastaría con una prueba. Pero cristianamente no decimos esto. Decimos que no hay otra presencia de Dios que la que encarnan aquellos cuya vida se encuentra por entero sometida a su Voz. Pues si podemos creer no es porque haya Dios, sino porque no hay otro Dios que el encarnado. Y es que de Dios en sí mismo, seguimos sin tener noticias.

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