tacitas de barro para el te

marzo 18, 2013 § Deja un comentario

No hay que ser marxista para admitir que aquello en lo que podemos creer no es independiente de nuestras prácticas. Nuestras prácticas, el modo con el que tratamos las cosas que nos rodean, condicionan en gran medida un modo de ser y, por extensión, una visión del mundo. El trato siempre se da sobre la base de ciertos prejuicios, esto es, sobre la base de una idea de lo que, en definitiva, son las cosas. No tratamos del mismo modo las cosas que son meras cosas que aquellas que representan algo más. En este sentido, uno no es supersticioso, pongamos por caso, porque cada mañana le eche un vistazo al horóscopo del día. Uno es supersticioso cuando vive en medio del temor a ser asaltado por los demonios. Cuando se santigua cada vez que acecha el peligro. Cuando no sabe ir sin su amuleto. Cuando aguarda la aparición. De igual modo, uno no cree porque proclame, una vez por semana, que su vida se encuentra sometida a la bendición de Dios o a su Juicio. La vida de quien cree en verdad se encuentra marcada por la creencia. Así, quien se encuentra verdaderamente cabe Dios bendice la mesa, respeta el sabbath, trata a su esposa según los ritos que le obligan a tener presente que no la posee, lee las Escrituras tras hacer la señal de la cruz, se entrega al que sufre como si la vida le fuera en ello, etc. Que hoy en día percibamos las prácticas de la fe como meras formas es ya un síntoma de nuestra dificultad para la fe. Que creamos que una fe solo puede ser auténtica si nace del corazón, por lo común deja a un lado el hecho de que nuestro corazón no es nuestro. Nuestro trato con las cosas es el propio de un consumidor. Y lo cierto es que para un consumidor no existe otra medida de lo real que su propia sensación. Pero con la sensación no vamos muy lejos. Nada real se nos da como mera sensación, por muy intensa que sea. Sin duda la fe necesita marcar el tiempo cotidiano para que el trato no nos haga olvidar lo que vimos y vivimos verdaderamente en su momento (o vieron y vivieron los patriarcas de la fe). La fe necesita el rito que preserve en el presente la realidad de Dios, su paradójica distancia. Sin embargo, no está en nuestras manos ese marcaje de la cotidianidad. Puede que nosotros seamos, encorvados sobre nosotros mismos, los que ya no puede marcar su existencia con el hierro candente de la experiencia de Dios. Esas prácticas ya no están socialmente disponibles. En el mejor de los casos, pueden valer como señas de identidad de la tribu cristiana, pero poco más. Ahora bien, por suerte para nosotros, la salvación no depende de nuestra adhesión a la Ley, sino del kairós en el que, sin Dios mediante, nos enfrentemos a la necesidad de responder a su demanda infinita. Mientras tanto —mientras no nos alcance el tiempo de Dios, esa catástrofe— un creyente acaso no pueda hacer mucho más que alimentar la espera o aguardar con un cierto temblor el momento en el que Dios se le aparezca como abandonado de Dios en cualquier esquina de la ciudad. Y, por supuesto, parar el oído para escuchar obsesivamente una voz que no es la suya.

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