¿hay Dios?

marzo 21, 2013 § Deja un comentario

Supongamos que sí. ¿Cómo esperamos que sea? Por definición, si hablamos de Dios, entonces se trata de alguien o algo que nos puede. Por definición, uno siempre depende de Dios. Y aquí las variantes son, de facto, ilimitadas. ¿Se trata de una inteligencia suprema? ¿Una fuerza irresistible? ¿Un estado de beatitud? ¿Una bondad intachable? ¿O simplemente de la incomprensibilidad misma del cosmos? Sea como sea, quien supone que sí, siempre lo supondrá en relación con una determinada idea de Dios. Ahora bien, Dios no se da como un supuesto de la subjetividad. Quien dice que hay Dios es porque se encuentra inmerso en un mundo que da por sentado que hay Dios. La idea es menos trivial de lo que parece, pues lo que decimos con ello es que un creyente no puede cuestionar que haya Dios. El simple hecho de preguntarse por la existencia de Dios ya nos saca fuera de la relación con Dios. Ocurre aquí algo parecido a lo que les ocurre a los amantes: que solo pueden amarse donde su amor no se pone en cuestión, esto es, en donde no se preguntan si se aman de verdad o, más bien, solo se desean. Los amantes dan por hecho que se aman y tienen que hacerlo, si de lo que se trata es de que haya amor. En todo caso, pueden preguntarse dónde ha ido a parar el amor que gozaron inicialmente, pues si hubo amor es que, al menos en principio, puede seguir habiendo amor. En este mismo sentido, un creyente puede preguntarse dónde está Dios —dónde se ha escondido o ido a parar—, pero no si Dios existe o no. La posición vital de quien se pregunta por la existencia de Dios no es la misma que la de quien se pregunta por su lugar y, por tanto, lo que se va a ver en ambos casos no será lo mismo. Dios, como el amor de los amantes, no puede darse como el resultado de una demostración. Los amantes no puede decirse: «vistos los hechos, pongamos por caso la alteración hormonal o del ritmo cardiaco, llegamos a la conclusión de que nos amamos». Los amantes se encuentran amándose. Y la pregunta acerca de adónde fue a para ese amor original forma parte de toda historia de amor. En el mismo sentido, quien se pregunta por dónde paran sus hijos, no se pregunta si sus hijos existen o no. Pues bien, de lo dicho hasta ahora se desprende que la respuesta va con la pregunta: quien se pregunta por la existencia de Dios es porque da por hecho que no existe. Pues un Dios que existe al modo de una conclusión, no existe en verdad. Y ello no porque no exista una inteligencia suprema o una bondad infinita, sino porque quien se hace esta pregunta, por el solo hecho de hacérsela, ya no podrá reconocer a esa inteligencia suprema o bondad infinita como Dios. Quien cuestiona la existencia de Dios solo puede esperar como respuesta un Dios-ente o, en su defecto, un Dios-hecho, en definitiva, alguien o algo que corresponda con una determinada idea de Dios. Como aquel que se pregunta por la existencia de fantasmas espera encontrar, precisamente, algo que corresponda con su idea de lo que debe ser un fantasma. Pero quien se plantea esta cuestión, al ocupar la posición del juez, ya no podrá admitir al Dios que «descubra» como Dios. ¿Qué espera encontrar quien se pregunta por la existencia de Dios? Nada de lo que encuentre podrá dársele como aquél o aquello de lo que depende su vida. Ninguna relación de dependencia puede establecerse con lo que se muestra como el resultado de una serie de pruebas cuya validez se decide por entero en el campo de la subjetividad. Por tanto, quien dice que hay Dios solo puede decirlo honestamente, si de buen comienzo se encuentra cabe Dios, aun cuando Dios, como el Sol, pueda a veces ocultarse. De ahí que para el creyente no haya propiamente «muerte de Dios», sino, en cualquier caso, «eclipse», por emplear la imagen de Martin Buber. Un creyente puede preguntarse perfectamente dónde está Dios, del mismo modo que nosotros podemos preguntarnos, en un día de eclipse «imprevisto», dónde ha ido a parar el Sol, pero en modo alguno, si Dios existe o no. Un creyente, en definitiva, no puede participar de un debate en torno a la existencia de Dios. Para un creyente este debate es, literalmente, impertinente.

Ahora bien, la Modernidad tilda de infantil la posición de quien da por sentado que hay Dios. Nuestras prácticas, nuestro modo de relacionarnos con el mundo, ya no es el de aquél que da por hecho que en el mundo hay algo divino. Las cosas se nos dan según la medida de nuestra receptividad. Y lo que queda fuera de esta medida es tan solo lo desmedido, algo que puede provocar en nosotros la experiencia de lo sublime, en modo alguno la de algo que nos obligue a ponernos de rodillas. La Modernidad es, por definición, pagana, y el paganismo no es necesariamente ateísmo: un pagano puede admitir los dioses, pero nunca los reconocerá como tales. Los «dioses», en todo caso, son siempre algo a tener en cuenta a la hora de intentar asegurar la propia felicidad, pero, por eso mismo, son substituibles a la luz de nuevas pruebas. Es pagano quien cree, por ejemplo, que solo la bondad intachable da la felicidad, posibilidad garantizada en principio por un dios de la bondad o, en su defecto, por la figura arquetípica de la bondad (una idea, un ideal). Pues, solo hace falta que llegue a creer, por aquello de las cosas de la vida, que no es cierto, para que cambie de dios. De hecho, la alternativa a la fe no es el ateísmo —que, como bien dijo Nietzsche, es lo más difícil—, sino la idolatría. ¿Hemos de deducir que ya no podemos honestamente creer? ¿Que la fe no es una posibilidad del sujeto moderno, de aquél que se encuentra, como quien dice, fuera del mundo, a la manera de un espectador? ¿De aquél para el cual el mundo es esencialmente algo objetivo, la serie de los hechos, incluyendo aquellos que puedan pertenecer a una «dimensión desconocida»? Ciertamente, un espectador no puede creer, del mismo modo que un espectador no ama por el simple hecho de simpatizar con los protagonistas de una película romántica. La cuestión, por tanto, es si el espectador puede ser obligado a entrar en la escena de Dios. Y a mi me parece que solo donde las gradas saltan por los aires. La posibilidad de Dios, no es la posibilidad de la aparición de Dios como tal, a la manera en que aparecen, pongamos por caso, los fantasmas. Dios solo puede aparecer como «otro». Sin embargo, esto solo es posible bajo catástrofe, literalmente, ahí donde el cielo que garantiza la confianza de los hombres en su posibilidad, se derrumba sobre sus cabezas. Dios solo se aparece como «otro» donde ya no es posible seguir confiando en la divinidad, en una determinada idea de Dios. Para el creyente que ha dejado atrás la infancia —y la infancia es dejada atrás donde topamos con la Cruz—, todo comienza con la intemperie de un mundo en ruinas. Pues solo ahí el rostro del «otro», lo inasimilable del otro, puede obligarnos como si nuestra entera existencia dependiera de la respuesta que lleguemos a darle a su demanda infinita. Esta y no otra es la convicción bíblica acerca del vínculo entre Dios y el hombre. Y de Dios en sí mismo, Dios dirá.

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