la ira de Carla
marzo 23, 2013 § Deja un comentario
El empirismo tiene a reducir lo que es a sus condiciones de aparición. Así, la crítica del empirismo a las pretensiones de la metafísica siempre tendrá la misma forma: si uno ve lo que ve es porque está situado en la posición en la que está; por consiguiente, la visión no es más que un punto de vista. Aparentemente, se trata de una obviedad. Sin embargo, deja de serlo cuando tenemos en cuenta que la reducción empirista —el no es más que— es en verdad una falacia. El que toda visión dependa de una posición, no implica necesariamente que se trate solo de un punto de vista. El problema es el por consiguiente, pues el relativismo no se sigue inevitablemente del hecho de que siempre veamos las cosas desde un punto de vista. Es obvio que la ecuación de Einstein no puede comprenderse sin educación. Pero de ahí no se deduce que no sea más que educación. Y es que si el empirista cree que una visión no es más que un punto de vista entre otros es porque su presupuesto es el propio de la filosofía moderna, a saber, que el punto de partida de un posible saber acerca de lo real no es nunca lo real, sino nuestras ideas acerca de lo real. O, por decirlo a la manera de Descartes, que el fundamento de un conocimiento del mundo no es la certeza de que hay algo ahí —pues, para Descartes esta certeza en modo alguno puede darse como primera—, sino la certeza de que tengo representaciones, ideas acerca de algo ahí. Si la adecuación entre un contenido mental y los hechos solo puede darse como exigencia del contenido mental —si solo cabe recuperar el mundo desde el análisis de las representaciones del mundo—, entonces la realidad pasa a ser función de la mente. Ahora bien, donde la realidad, su carácter otro, se comprenda siempre como el resultado de una justificación de los contenidos mentales va a ser imposible salir de los límites de la mente. La alteridad de lo real solo podrá comprenderse como aquello esencialmente ininteligible, como ignotum X. La sospecha de que nuestras ideas solo tengan que ver con nosotros —que nuestro mundo sea en definitiva un mundo virtual— se mantiene en el pensamiento moderno como un fiel compañero de viaje. En este sentido, el empirista acabará diciendo que si decimos que esto es así o asá no es porque sea así o asá, sino porque lo vemos como si fuera así o asá. La única manera de evitar el relativismo será, como es sabido, apelando a una razón común, esto es, a esa estructura mental que comparte cualquiera que posea uso de razón y de la que se deriva una descripción matemática del mundo. Ahora bien, la consecuencia de que tan solo esa descripción puede ser verdadera es que el hombre deja de estar implicado en la verdad del mundo. El hombre deja de medirse en relación con la exigencia de la verdad. De hecho, el hombre solo se comprende como el garante de una descripción impersonal del mundo. Empirismo y racionalismo serían, en el fondo, dos caras de una misma moneda. De ahí que modernamente no podamos admitir algo que el sujeto de la Antigüedad daba por sentado: que si uno puede ver lo que hay más allá del muro no es solo porque se haya subido a las ramas de un árbol, sino porque efectivamente más allá de muro hay algo que exige ser visto, aunque eso que exige ser visto no sea más, aunque tampoco menos, que la nada como pura exigencia de ser. Por eso mismo, el punto de partida para una adecuada comprensión de lo real no puede ser nunca nuestras representaciones de lo real, en definitiva, un contenido mental, sino el hecho de hallarnos en medio del lenguaje. Y es que si podemos tener una experiencia de las cosas —si algo se nos da como algo— es porque podemos decir algo de algo. Y si podemos decir algo de algo es porque, en definitiva, ese algo del que decimos algo se oculta en el hecho mismo de mostrarse como algo; porque, en definitiva, el carácter otro de la cosa se sustrae a la visión. Si tenemos experiencia de las cosas es porque, en última instancia, no sabemos lo que son las cosas y no porque no podamos certificar hasta el final nuestros puntos de vista.