the bishop

marzo 24, 2013 § Deja un comentario

Decía Berkeley que esse est percipi. Algo es solo en la medida en que se manifiesta a nuestra receptividad. La sentencia parece trivial y, por eso mismo, incuestionable. Sin embargo, hay que tener en cuenta qué niega para comprender su alcance. Y lo que niega es que lo real subsista por sí mismo o en sí mismo. Esto es, niega la realidad misma de lo absoluto o incondicional. Ciertamente, pertenece a la naturaleza de lo real el hecho de que aparezca de un modo u otro. O, por decirlo con otras palabras, que la realidad se da en relación con aquél que pueda percibirla. Y si esto es así —que lo es—, entonces la realidad siempre se manifiesta relativamente. De ahí a sostener que toda visión es relativa a la posición del sujeto hay un paso. Ahora bien, la consecuencia que se extrae de ello es que no habría mundo donde solo hubiera un mundo de piedras, pongamos por caso. El mundo es solo para quien puede llegar a percibirlo. Pues ser es darse. Sin embargo, es igualmente cierto que lo que damos por sentado cuando percibimos algo es que ese algo sigue ahí, una vez dejamos de percibirlo. Que nuestra percepción no es virtual. Lo que damos por sentado, en definitiva, es que eso que vemos subsiste, al menos hasta cierto punto, por sí mismo. Que se trata de algo en sí. ¿Cómo cuadrar ambas «verdades», el hecho de que lo real es lo que aparece y, al mismo tiempo, lo que subsiste por sí mismo? Si lo real es independiente de la visión, entonces no es cierto que algo sea solo en relación con un sujeto, esto es, solo en tanto que sea percibido. Y vicerversa. Como es sabido, Berkeley, a la hora de resolver esta aparente contradicción, recurrió a un Dios que mantiene el mundo en pie solo porque lo contempla eternamente. Ahora bien, Platón aquí —cómo no— demuestra ser más incisivo que nuestro obispo. Pues, según Platón, si las cosas constituyen la manifestación de la realidad es porque la realidad, en sí misma, se sustrae a la manifestación sensible. La alteridad de las cosas —su carácter otro— no es, por tanto, susceptible de ser vista. Y es por ello —porque la realidad de las cosas siempre se encuentra más allá de la visión— que podemos ver las cosas que nos rodean. El carácter otro de lo real —su incondicionalidad, su absolutez— es siempre lo que ha sido dejado atrás en el momento de su manfiestación sensible. Pero eso no implica que no sea. Al contrario. Lo real subsiste como aquello siempre pendiente del mundo. Como si, al fin y al cabo, no hubiera otra realidad que la del por-venir de lo real. Pues los hombres solo pueden encarar lo real, donde sufren su falta. La presencia de lo real se entrega en cualquier caso como ausencia. De ahí, que lo real del mundo solo pueda ser propiamente dicho o pensado. Platón diría que reconocido.

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