the bishop (y 2)

marzo 24, 2013 § Deja un comentario

El lema de Berkeley —esse est percipi— encuentra su correlato en la estructura de la subjetividad. Supongamos que nadie se hubiera fijado en nosotros. Supongamos que, desde nuestro nacimiento, hubiéramos sido completamente ignorados. ¿Llegaríamos a ser? ¿Podríamos decir que somos alguien? Difícilmente, por no decir, en modo alguno. Si somos es porque somos para alguien, porque, en definitiva, nos hemos manifestado a alguien. Somos porque fuimos vistos, porque aparecimos en un mundo. No hay yo, por tanto, sin otro. La alteridad del otro es lo que hace posible la existencia misma del yo. Hay yo porque fuimos invocados por un tú esencialmente inalcanzable. Ahora bien, tarde o temprano, el yo deberá negar la alteridad que lo constituye para poder desarrollarse como subjetividad. Un yo no puede soportar la alteridad que lo constituye. La sospecha de Descartes, aquélla que acabará situando al yo como fundamento de mundo, solo puede ejercerse metódicamente donde el yo ha olvidado su dependencia de la alteridad. De ahí que la tarea del yo sea la de recuperar esa alteridad, esto es, de respetar su carácter absoluto. Pues existir es encontrarse sometido a la exigencia de ser. Y es que un yo que no es para nadie más que para sí mismo, propiamente no es.

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