moderna conditio

abril 1, 2013 § Deja un comentario

Resulta elemental —o debería serlo— que apenas sabemos gran cosa del mundo que nos ha tocado vivir. Y no porque desconozcamos su significado, sino porque la realidad desborda los límites de nuestra receptividad. El carácter otro de lo real es, por defecto, inalcanzable. Lo que nos cubre no son las aguas, sino el silencio. Nos iremos de este mundo tal y como vinimos, con las manos vacías. ¿De qué va todo esto? Cualquier respuesta a esta pregunta —cualquier solución— no es solo un atrevimiento: es, sobre todo, un ridículo, por no decir, el motivo de la gran vergüenza. Desde nuestra insignificancia no podemos ir más allá del mandato: a pesar de la indiferencia de los astros, el tirano no debe tener la última palabra. Ahora bien, si solo atendemos a los hechos, lo más probable es que la tenga. Pues esta es nuestra condición: que los hechos ya no se encuentran tutelados por Dios. Antiguamente, la inmensidad del cosmos —su incomprensibilidad, su belleza, su horror— era una vía de acceso a Dios. Hoy es, por el contrario, una vía muerta. La misma inmensidad está por encima de cualquier divinidad al uso. Sub specie aeternitatis, la figura de un hombre dirigiéndose a su dios-ángel-de-la-guarda resulta enternecedora, pero no veraz. Sub specie aeterninatis, no hay ni bien ni mal, sino un simple sucede. No por casualidad las imágenes de una justicia final siempre fueron increíbles. Sin embargo, no somos otra cosa que nuestra dependencia de esas imágenes. Una vez más, la verdad se nos da como mandato —como Ley—: aunque no puedas creer, debes creer que la última palabra aún está por pronunciar. Y ello en el nombre mismo de una vida que nos ha sido dada bajo el horizonte mismo de la tiranía. La esperanza de un más allá de la eternidad del cosmos no puede articularse —y menos actualmente— bajo las formas de un saber. Quien existe cabe Dios no puede concebir el mundo como una especie de show de Truman. En verdad, no somos más que un encontrarse en manos de un Dios que está esencialmente por ver. Pues Dios solo se hace presente en los que se encuentran sometidos a ese Dios, el único que, curiosamente, merece el nombre de Dios.

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