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abril 6, 2013 § Deja un comentario

Echándole un vistazo a lo que las diferentes religiones cuentan sobre el origen del mundo, uno puede tener la impresión de que el relato bíblico de la Creación no dice nada nuevo. Y de ahí a decir que todas las religiones sostienen, en el fondo, lo mismo tan solo hay un paso. Sin embargo, hay que aprender a leer estos textos, pues la escritura en la antigüedad no procedía del mismo modo que hoy en día, en donde un autor escribe lo que se le pasa por la cabeza. La «autoría» en la antigüedad se ejercía siempre sobre la base de los mitos, los cuales eran, por definición, inmodificables en sus grandes rasgos. Pues el mito representaba lo que «hay que decir». La «autoría» solo podía ejercerse, por tanto, sobre los detalles del mito. Los detalles aquí marcan las diferencias. En este sentido, podemos encontrar en unos cuantos mitos de la Antigüedad que la divinidad crea el mundo por mediación de la palabra. Ahora bien, no es lo mismo decir que la palabra es expresión del pensamiento que de la voluntad de Dios (que es lo que dice la Biblia). Aquello que está en juego es una concepción de lo real y, de paso, nuestra posición ante la efectividad del mundo. Así, si la palabra es expresión de la voluntad de Dios y no tanto de su inteligencia, entonces la realidad no es propiamente lo que tenemos ante nuestras narices, sino promesa, algo que en definitiva aún esta por ver. Y si la realidad es lo que debe realizarse en nombre de Dios, entonces nada acaba de ser donde no se realiza la promesa de Dios. Para el creyente, nada es en verdad aún. El mundo es, ciertamente, lo que hay, pero nada de lo que hay acaba de ser lo que debiera. Todo cuanto se encuentra ahí permanece colgado de un hilo. Desde esta posición, lo que debe ser no es ilusión o idea, al fin y al cabo, algo que nace y muere en los estrechos márgenes de la subjetividad, sino la exigencia misma de lo dado. Así, por ejemplo, decimos que hay amor solo en la medida que el amor de los amantes no es un dato, sino algo que apunta a su mismo por-venir. Los amantes siempre se deben el amor que se dan. De ahí que esto del amor sea tan excepcional, pues lo habitual es que nuestras relaciones tengan más de contractuales que de entrega. Y lo que decimos del amor, lo decimos igualmente de Dios. En este sentido, lo real no es lo que «me gustaría que fuese», sino lo que «debe ser» según la «estructura» misma de lo dado. Y, así, solo quienes experimentan la vida como don, pueden creer que la vida debe ser por encima de la muerte.

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