manías

abril 30, 2013 § Deja un comentario

De entrada, uno es esclavo de lo que ve. Así, quien ve que el cuerpo es una prisión —quien está físicamente convencido de ello— fácilmente acabará colgándose de un árbol. El único modo de librarse de la fijación de las visiones no es, corrigiendo la visión, sustituyendo la fijación visionaria por una correcta visión de las cosas. Una visión correcta no es más que una visión ampliamente aceptada y quien se halla sujeto a una visión extraña, particular, alucinante, no la cambiará solo porque otros vean lo que debe ser visto. Los visionarios tienen, por supuesto, su estrategia para evitar el argumento de la mayoría. Aquí la lógica está de parte del visionario, pues el argumento de la mayoría no deja de ser una variante de la falacia ad hominem. No se trata, pues, de cambiar simplemente una sujeción por otra, sino de liberarse del poder de la visión, y ello solo es posible ejerciendo una sospecha metódica. Desde el espíritu del escepticismo, cualquier visión es, cuanto menos, sospechosa de no ser más que un producto de quien ve. Uno se distancia de sus visiones cuando comprende que, en última instancia, no hay nada que ver. Que la realidad como tal —la radical alteridad del puro y simple ahí— no admite propiamente una visión. El precio, sin embargo, de esta libertad es el de tirar, junto con el agua sucia, el niño de la creencia. Y es que no hay sospecha que pueda preservar el sentimiento de pertenecer a una orden más amplio.

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