esa cosa de la Cosa

mayo 2, 2013 § Deja un comentario

Lo real es, por definición, un exceso, un resto, un más allá. El carácter otro de lo real es, precisamente, eso que no podemos admitir de lo dado, algo, en definitiva, intratable, algo que tenemos que mantener a una debida distancia, si de lo que se trata es de seguir en pie. Lo real tanto provoca nuestra fascinación como nuestro asco. Lo real produce parálisis, una oscilación obsesiva, una fijación. Lo real es la Cosa, en el sentido de Lacan. Dios es la Cosa. Solo Dios es real. Los hechos son, en verdad, una realidad «recortada», hecha según la medida de nuestra receptividad, una abstracción que ha dejado atrás, precisamente, la radical alteridad de lo que se encuentra ahí. Un hecho es lo que se corresponde a nuestra representación de lo real. Facta sunt ficta, decía Weber. Por eso Dios no puede darse como hecho, ni siquiera como hecho oculto, sino como aquello que es siempre dejado atrás —sepultado, no dicho— en toda representación de Dios. Dios tiene que ser olvidado para que sea posible la existencia de los hombres, incluso aquella que es tildada fácilmente de «religiosa», pues nadie —ya lo dijo el poeta— puede soportar demasiada realidad. La realidad es, literalmente, monstruosa y ningún hombre o mujer puede dar un paso donde aparece aquello que nos seduce al mismo tiempo que nos repugna. La aparición de lo real —la revelación de la Cosa— coincide, pues, con el fin del mundo. Y es que un mundo siempre es el resultado de dividir el rostro de Dios: por una lado, el encantamiento, por otro, la repulsión. Solo así, en medio de ídolos, puede el hombre habitar el mundo. No casualmente la recuperación de lo real exige la quiebra del yo, su exilio, su catástrofe. No casualmente hay que estar loco, enajenado de uno mismo para encarar a Dios.

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