salida del yo

mayo 2, 2013 § Deja un comentario

La deformidad, sin duda, provoca nuestro rechazo, nuestra arcada. Del mismo modo que la belleza es, de por sí, atractiva, lo feo es, visceralmente, repugnante. Por eso mismo, lo feo siempre se encuentra más allá, extramuros, fuera del círculo de las cosas con las que habitualmente tratamos, esas que anhelamos, literalmente, incorporar. En este sentido, un cuerpo deforme estaría más cerca de representar la genuina alteridad del otro que aquel que nos apetece tener en nuestras manos, el cuerpo comestible. El carácter otro de lo que se encuentra ahí siempre tendrá el aspecto de lo que no podemos tragar. La realidad es, de por sí, intratable, un resto, algo que no debe ser visto, algo, en definitiva, invisible. De ahí que uno solo pueda salir de sí mismo, abrazar la extrema alteridad, cuando sale a bailar con la más fea. Tampoco es causal que la trascendencia del Dios bíblico se realice en la carne del leproso, en el cuerpo de quien es visto inevitablemente como maldito de Dios. Por eso se equivocan quienes hacen de Dios algo deseable. Nadie en su sano juicio puede desear yacer con una leprosa. Nadie en su sano juicio quiere salir de sí mismo. O, mejor dicho, eso solo puede ser en verdad querido. Quizá sea cierto que únicamente como salidos podemos llegar a querer.

 

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