monjas
mayo 3, 2013 § Deja un comentario
Hay algo de verdadero en la monja que permanece en oración arrodillada. Y esta verdad probablemente no tenga que ver con lo que ella cree que es verdadero, sino con lo que ese gesto representa. Un cuerpo arrodillado —doblegado— ¿no es acaso lo que nos separa de la bestia? ¿Es que seremos algo más que aquellos que preguntan y no obtienen respuesta? ¿Acaso no somos quienes acabarán mordiendo el polvo? Los musulmanes dicen que el momento en que el hombre está más cerca de Dios es aquel en que su rostro cae sobre la tierra. Es verdad. Con todo, aquí la cuestión es qué —o quién— dobla ese cuerpo. Damos por hecho que es Dios mismo. Sin embargo, por lo común, se trata de nuestra idea o imagen de Dios. Y ninguna idea dobla en verdad un cuerpo. De ahí que un cuerpo arrodillado, por lo común, tan solo represente —replique— una verdad, pero difícilmente la encarne. Pues lo cierto es que nadie es capaz de orar por sí mismo, y solo extraordinariamente el hombre llega a salir de sí mismo. Un cuerpo doblado en realidad por Dios —un cuerpo que encarna la altura de Dios— es un cuerpo que soporta sobre su espalda el vaciamiento de Dios. Y esta es la verdad del hombre: que tarde o temprano tendrá que in-corporar el descenso, la caída de Dios. Quien ora verdaderamente —quien apenas es más que su invocación— no puede ya hacerse una idea de Dios. El día a día está hecho con los materiales de la costumbre y las prácticas religiosas, sin duda, tienen mucho de costumbre. Nadie puede soportar durante demasiado tiempo la verdad de Dios. Y para ser fieles a esa verdad es posible que tengamos que hacer de esa verdad un cierto oficio. No obstante, solo porque siguen habiendo cuerpos que se encuentran en realidad doblegados —marcados— por Dios, el oficio de las monjas, con sus luces y sus sombras, posee el espíritu de la verdad.