la bondad

mayo 11, 2013 § Deja un comentario

Supongamos que nuestro mundo fuera un mundo en donde solo cupiera la violencia, en donde el enfermo, fueran indefectiblemente pisoteado por el sano, el débil, por el fuerte, el miserable, por el afortunado. Supongamos que en nuestro mundo no hubiera más que odio. Supongamos que en nuestro mundo toda bondad fuera una bondad de cartón piedra, aparente o, como dirían los viejos marxistas, burguesa. Supongamos ahora que en ese mundo descubriéramos una isla habitada por hombres y mujeres realmente buenos. Su bondad sería, literalmente, increíble: un acontecimiento perturbador, una excepción cósmica, un milagro. No obstante, podría ser que esa bondad no tuviera nada que ver con nosotros. Podría ser que no fueran hombres y mujeres de verdad, sino extraterrestes con aspecto humano. Que su bondad fuese solo divina. Esa bondad sería, sin duda, admirable, pero, como decíamos, no tendría nada que ver con nosotros. Esos seres buenos serían para nosotros bellas estatuas, ídolos de piedra. Solo crédulamente —solo estúpidamente— podríamos comprender esa bondad como nuestra última oportunidad. Ahora bien, otra cosa sería que su bondad fuera efectivamente humana. Que esa bondad respondiera a un sufrimiento indecible, a un dolor sin medida, al calvario de un mundo lleno de resentimiento y violencia. Que no fuera el rasgo de un determinado modo de ser, sino algo así como un resto, un sobrante, un excedente. Esa bondad no podría comprenderse ni como una bondad impertinente, una bondad de otro mundo, ni, por supuesto, como una posibilidad moral del hombre, sino acaso como eso que queda del hombre cuando ya no queda nada del hombre. Pues bien, podríamos decir que un creyente ve el mundo con estos ojos. La bondad de Dios solo puede darse como la bondad del hombre que soporta en su carne la inhumanidad del hombre. Mientras demos por hecho que el bien se da junto al mal como la sombra se da junto con la luz, no saldremos de la perspectiva moral, aquella que aún confía en las técnicas de la purificación. Pero, para el creyente, la bondad no es una posibilidad del hombre. No puede serlo en tanto que el corazón del hombre vive de la negación de Dios. No hay nadie que busque sinceramente a Dios (Rom 3,10). El hombre que aún confía en su posibilidad moral no es capaz de la bondad de Dios. El hombre, en todo caso, es capaz de simularla. Y es que donde la bondad se confunde con el buen rollo de quienes habitamos en las burbujas de este mundo, difícilmente llegaremos a ver que la bondad lo es todo.

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