y luego dirán
mayo 24, 2013 § Deja un comentario
Los dioses no existen, pero, sin duda, existieron. Un «antiguo», por no hablar de un «primitivo», no podía evitar ver en un tornado la manifestación de un dios. Somos nosotros los que ya no podemos verlo igual. Nuestro mundo ya no admite ningún dios de este palo. Y ello gracias, en parte, a la tradición bíblica. Pues fue sumamente audaz que algunos descendientes de los esclavos de Egipto se atrevieran a decir, hace unos cuantos miles de años, que en verdad un tornado no podía ser un Dios. Que Dios en verdad no aparecía por ningún lado. Que Dios en verdad aún estaba por ver. Y que, por eso mismo, de Dios en verdad solo teníamos su voz, su mandato, su insatisfacible demanda, aquella que procede, precisamente, de los estómagos que encuentran a Dios en falta. La verdad de Dios no se da en relación con un referente —como si dijéramos que el verdadero Dios, el más fuerte o poderoso, no es Marte, el dios de la guerra, sino Venus, la diosa del amor—, sino que afecta al significado mismo de la palabra «Dios». Es obvio que quien se atreve a decir, en un mundo en donde nadie discute la existencia de dioses, que Dios en realidad se revela como el silencio que cubre la Creación, no puede comprender el más allá en el sentido «religioso» del término. Pues una cosa es entender el más allá como si se tratara de una variante mítica del mundo platónico de las ideas y otra entender el más allá como lo otro del mundo. De ahí que, judíamente, no quepa otro más allá que el que pone fin al mundo, cielos incluidos. Para quien se encuentra marcado por YWHW, el más allá no es una geografía, sino un tiempo final. Será cierto que, bíblicamente, no hay más allá sin catástrofe (literalmente).
