resurrexit dominus

mayo 27, 2013 § Deja un comentario

¿Podemos decir que la experiencia de la resurrección fue la experiencia de «un hombre viviendo la vida misma de Dios»? Si esto fuera así, la fe en la resurrección ¿acaso no sería propiamente una constatación? ¿Se trata, en definitiva, de que Jesús se apareció a los discípulos como pueda hacerlo un espectro divino, solo que siendo capaz de comerse unas sardinas (Jn 21 1-14)? Sin embargo, muchos exegetas sostienen que las apariciones no prueban la fe en la resurrección, sino que la presuponen. Los relatos de las apariciones, según dicen, serían, propiamente hablando, relatos de legitimación. Podemos imaginar que tras la proclamación de la resurrección del crucificado, muchos se llenaron la boca con las cosas de Jesús. De ahí que para separar el trigo de la paja, los primeros cristianos se preguntasen qué experiencia había detrás de las palabras de los predicadores. En este sentido, creyeron que solo los que habían visto al resucitado podían hablar con autoridad. Como si, en definitiva, cristianamente no cupiera otra experiencia de Dios que la de aquel que sentó a su derecha al crucificado en nombre de Dios. Experimentar cristianamente a Dios es experimentar a Jesús de Nazareth como resucitado. Y esto es así… con independencia de en qué pueda consistir tal experiencia. En cualquier caso, las visiones de los discípulos fueron lo suficientemente desconcertantes como para que no podamos decir fácilmente que habían visto a alguien que venía del más allá con buenas noticias. De buen comienzo y contra una lectura espiritualista de la resurrección, los relatos insisten en la carnalidad del resucitado. El mensaje no es, por tanto, que el alma de los justos sobrevive a la muerte del cuerpo. Para este viaje no hacían falta las alforjas de la resurrección. No estamos pues ante una historia de fantasmas, por muy simpáticos que sean. Por otro lado, llama la atención que, de entrada, nadie reconozca al aparecido como el Señor. Son necesarios ciertos gestos eucarísticos, por decirlo de algún modo, para que tenga lugar el reconocimiento. Como si, al fin y al cabo, la aparición solo pudiera darse donde alguien reparte el pan. Tampoco estamos, pues, ante la historia de un zombie bueno, pues un zombie posee el aspecto del muerto. ¿Qué significa, entonces, ver al resucitado? ¿Se qué ver se trata? Antes que nada, conviene recordar que el protagonista de la resurrección no es Jesús de Nazareth, sino Dios. Es decir, la resurrección del crucificado se da como el acontecimiento mismo de Dios: es Dios mismo el que resucita al crucificado y lo sienta a su derecha. Dios irrumpe en la Historia —en verdad, le pone un punto y final— con la resurrección de Jesús de Nazareth. Ahora bien, el Dios que resucita a Jesús de Nazareth es el que guardó silencio en el momento crucial, el Dios que abandonó a su Hijo. ¿Hemos de entender que fue un silencio táctico? No lo parece, si hemos de confesar al Crucificado como Palabra de Dios. Pues, para que Jesús pueda revelarse como Palabra de Dios es necesario que Dios, en sí mismo, guarde silencio. El silencio de Dios es necesario para que el Crucificado pueda mostrarse como Dios encarnado. Por tanto, muerte y resurrección, como bien supo verlo Juan, son dos caras de una misma moneda. La Cruz es la Elevación. O, mejor dicho, con la Cruz va la Elevación. Ahora bien, no es posible comprender nada de esto, si olvidasmos que el lenguaje de la resurrección pertenece originariamente al judaísmo apocalíptico, aquel que entendía la resurrección de los muertos como la señal de los últimos tiempos. De lo que se trata, por tanto, es del juicio de Dios, del fin de la Historia. Para dicho judaísmo, los muertos tienen que resucitar para que puedan ser juzgados por Dios, mejor dicho, por el justo en nombre de Dios. Es el justo quien regresará en los tiempos finales para juzgar a vivos y muertos en nombre de Dios. Muchos judíos estaban convencidos que era Elías el elegido para juzgar a la humanidad. Pero, a diferencia de Jesús de Nazareth, Elías no pasó por la muerte. Elías ascendió al cielo en carro de fuego, ahorrándose el salario del pecado. La exaltación de Elías contrasta, pues, y de manera destacada, con la exaltación del Crucificado. El que fue juzgado por los hombres —y condenado en nombre de Dios— es el que en verdad nos juzga en nombre de Dios. A diferencia de Elías, el que nos juzga —el que decide nuestra correcta situación ante Dios— no es, por tanto, el que evitó el pecado del hombre, sino el que cargó con él hasta el final. A la luz del canto de Isaías sobre el siervo sufriente (Is 53, 4-6), una de las claves hermenéuticas de la crucifixión, si no la más determinante, el Crucificado nos juzga por haber sufrido en carne propia la enorme distancia que nos separa de Dios y haberla transformado en la tierna proximidad de Dios, en su misericordia. O, por decirlo con otras palabras, si el hombre es capaz de Dios es porque Dios se hizo (capaz de ser) hombre. El que predicó la compasión de Dios se hizo compasión de Dios, siendo que este hacerse de Jesús de Nazareth pertenece a la esencia misma de Dios. Si de lo que se trata, en definitiva, es de responder a Dios, lo que cristianamente decimos es que el hombre solo puede responder a la misericordia encarnada de Dios. La Ley sin misericordia es estéril. Pero una misericordia sin Ley acaba en narcisismo espiritualista. Aquí lo importante es ver —comprender y no solo entender— que una humanidad de feos sin remedio, como quien dice, no puede salvarse por aquel que alcanzó la belleza de Dios —Elías—, sino por aquel, que en nombre de Dios, esto es, en su lugar, siendo originariamente de los bellos, se afeó por nosotros para que aquello que es de Dios se diera de una vez por todas entre hombres.

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