compassio

mayo 28, 2013 § Deja un comentario

La compasión creyente carece de objeto. Es decir, no puede comprenderse sentimentalmente como la reacción que cualquiera experimenta ante el dolor de aquel con quien simpatiza. Algo de esto hay, sin duda, pero en verdad no se trata de esto. Bíblicamente se trata de tener los ojos abiertos, como insiste JB Metz, una y otra vez. Pero no tanto para mirar el rostro del sufrimiento —que también—, sino para ser mirados por él. La compasión cristiana no nace del yo, sino del otro. El sujeto de la compasión —aquel que la sostiene— no es el yo que se compadece, sino aquel a quien le debemos una respuesta compasiva. O, por decirlo de otro modo, quien se compadece del que sufre solo es sujeto en la medida en que se encuentra sujeto al sufrimiento del otro. La compasión creyente no puede comprenderse, pues, como una inclinación que exige ser satisfecha. En realidad se trata de una respuesta —de una responsabilidad— que nunca acaba de satisfacer la inalcanzable demanda de la que procede. O, por decirlo en judío, la compasión creyente va con el juicio. Sin juicio —sin cuestionamiento—, la compasión no deja de ser, como decía Hume, una emoción. Dios es interrupción. Pero solo nos interrumpe en verdad la interpelación de las víctimas con las que Dios se identifica. Será verdad que Nietzsche fue el profeta de una humanidad sin prójimo.

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