los ents

mayo 28, 2013 § Deja un comentario

Hay dos modos de comprender esto de la trascendencia. Uno es el de los ents. Otro es el de Job. Los ents son esos árboles sabios que habitan el mundo de Tolkien. Y Job ya sabemos quien fue. Pues bien, supongamos que los árboles se preguntaran si hay vida más allá de la vida vegetal. Algunos dirían, incapaces de salir de su propia corteza, que eso no es posible. No hay más árbol que el que arde. Otros, más abiertos a la posibilidad de una dimensión desconocida, creerían que sí: que hay indicios de una vida divina —la nuestra—. Algunos ents se llenarían de asombro ante esos indicios. Otros, de temor. En cualquier caso, para los ents, nosotros, los humanos seríamos dioses o, cuanto menos, espectros. Pero desde nuestra óptica divina es obvio —o debería serlo— que no somos más que una de las dimensiones del mundo, un eslabón en la escala del ser. En cambio, para Job —para el creyente—, Dios se encuentra fuera de la Creación. Desde la visión creyente, no cabe algo así como otro mundo —un mundo se seres inmunes al Mal— dentro de la Creación. El don y el dolor atraviesan la Creación de arriba a abajo. No hay nada que escape a la mirada del asombro, pues todo nos ha sido dado. Pero tampoco al estupor o al escándalo, pues el Leviatán habita en las profundidades del océano como una bestia inmortal. Para el creyente, las figuras de otro mundo no pueden ser más que metáforas de la verdadera trascendencia, imágenes de lo otro del mundo. Es cuando el hombre toma estas imágenes por realidades que cae en la idolatría: cuando confunde las imágenes de la alteridad de Dios con la realidad misma de Dios. Encontrarse en manos de Dios supone habitar este mundo como un mundo incierto, cielos incluidos. Nada hay en los hechos que sea definitivo, ni siquiera esos hechos que pueden comprenderse como señales de una vida superior. Pues la supuesta vida superior también se encuentra afectada, en tanto que se halla en manos de Dios, por una radical ambivalencia, la que nace, precisamente, de la extrema altura de Dios. Ante Dios —ante su radical trascendencia— la totalidad se halla en vilo. El todo es no-todo para el creyente. Algo se encuentra en falta donde la totalidad de lo creado se muestra como no hay más y lo que falta es, precisamente, la Palabra de Dios. Si hubiera otro mundo de seres angélicos, no necesitaríamos una última palabra, sino en todo caso, morir o purgar, en cualquier caso, cruzar la puerta. Cree, pues, quien permanece a la espera de una resolución, de un juicio, en definitiva, de una absolución. De ahí, que cuando Pablo dice aquello de que Jesús fue la imagen visible del Dios invisible (Col 1, 15) dijera algo que los ents que circulan por ahí difícilmente pueden aceptar, a saber, que no cabe otra presencia de Dios que la de un crucificado-exaltado. Y es que los ents pueden admitir una vida superior que se muestre como superación de la vida vegetal de los ents, pero no una vida superior que se revele como caída de Dios. Lo que no pueden fácilmente aceptar es que la entrega de Dios sea la condición misma de la elevación del hombre. La audacia de Pablo —la audacia cristiana— consiste, precisamente, en esto: en creer que la última palabra —la que esperaba Job— la pronuncia un hombre que cuelga de una Cruz como maldito de Dios. Más aún: que de Dios tan solo tenemos esa imagen. Y esto es lo mismo que decir que Dios por entero se da en ella. Los ents, mientras sigan siendo esos árboles sabios, nunca entenderán que su esperanza se realiza en ese humano que se convierte en el más abandonado de los ents, para que ellos, los ents, puedan salir de su corteza, sin dejar de ser árboles.

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