las mil y una noches
junio 4, 2013 § Deja un comentario
La moraleja de Job —la del Gólgota— no es tan solo que los hombres no somos de fiar. Es decir, leyendo el libro de Job o el capítulo 15 de Marcos, difícilmente podemos concluir que el Mal obedece únicamente al hecho de que no parece que seamos capaces de hacer bien las cosas. El Mal en realidad no es solo asunto nuestro, sino cósmico. Un Dios que se encuentra por encima de los horrores de la Historia esperando la buena conducta de los hombres es, por decirlo rápidamente, una proyección de la figura paterna, pero en modo alguno el Dios de los patriarcas. Ciertamente, el Mal no responde a la voluntad de Dios. Dios no quiere el Mal. Pero la experiencia de Job, la de Jesús en el Calvario, no deja de lado a Dios en este negocio. En verdad, el Dios de quien se encuentra sometido a Dios es Señor del Bien y del Mal. «Yo soy el que forma la luz y crea las tinieblas» escribe Isaías. Traducción: el Bien y el Mal son debidas a una y la misma trascendencia. Porque Dios es el Altísimo —porque no hay ascesis que nos permita alcanzar la altura de Dios—; porque, en definitiva, el mundo fue posible por la contracción de Dios, la luz y la tiniebla se nos ofrecen como las dos caras de una y la misma Creación. Al fin y al cabo, la experiencia del don va con el absurdo de la muerte, pues la muerte es siempre injusta. Así pues, porque Dios, en sí mismo, se halla más allá de la Creación como ese silencio que la mantiene en suspenso, nos encontramos como aquellos que existen bajo el eclipse de Dios y, por eso mismo, han recibido la vida como herencia. Porque Dios se niega a sí mismo, como quien dice, para que el hombre sea posible, somos los que permanecen, ontologicamente, a la espera de Dios. La radical trascendencia de Dios es lo que impide que el todo sea, en verdad, el todo. Más aún: únicamente desde esta trascendencia podemos afirmar que Dios quiere que el hombre viva más allá de la muerte. Pues solo porque Dios es el Dios del séptimo día —solo porque el Dios de Isaías es el desaparecido—, podemos escuchar el lamento de los hombres como la voluntad insoslayable de Dios. Como aquellos muchachos que, de la noche a la mañana, se convierten en rehenes de sus hermanos pequeños porque papá y mamá pasaron a mejor vida.