empiría filosófica
junio 10, 2013 § Deja un comentario
En los países anglosajones, desde hace unos cuantos años, se ha puesto de moda esto del contraste empírico de los enunciados filosóficos. Así, por ejemplo, si un moralista dice que nadie puede ser verdaderamente feliz siendo insultantemente rico, los chicos de Harvard se ponen manos a las obra y salen a la calle a entrevistar a unos cuantos millonarios de por ahí para ver si es cierto que el dinero no da la felicidad. Ahora bien, supongamos que la mayoría de esos millonarios declarasen que, efectivamente, son los suficientemente felices. ¿Qué demostraría aquí la estadística? ¿Acaso nos veríamos obligados a admitir que el dinero, por lo común, hace feliz a la gente? En realidad, demostraría bien poca cosa. Pues, a pesar de las apariencias, lo que está detrás de la declaración de nuestro moralista no es un «enunciado general» que pudiera ser constatado de un modo u otro, sino una afirmación normativa acerca del tipo de sujeto que uno puede llegar ser, a saber, alguien para el que el dinero es (casi) lo de menos. Así, supongamos que el mundo estuviera habitado, en su mayor parte, por niños y que el filósofo de turno dijera que los juguetes no dan la felicidad. Evidentemente, la mayoría de los niños no estarían de acuerdo. Y, sin embargo nosotros, hombres y mujeres de una (in)cierta edad, sabemos que hay vida más allá del día de Reyes. Del mismo modo, la mayoría pueden decir que la libertad consiste en poder realizar nuestro deseo. Pero cualquiera que le dé un par de vueltas a este asunto entenderá que uno siempre cede a su deseo donde puede llevarlo a cabo. De ahí, que la filosofía —como quizá también el monoteísmo bíblico— tenga que habérselas siempre con la verdad. La verdadera felicidad, la verdadera libertad, lo bueno en verdad… Ahora bien, nadie dijo que la verdad fuese algo que pudiéramos alcanzar. Pues, ciertamente, tanto podemos decir que los juguetes no dan la verdadera felicidad como decir que no hay otra felicidad que la de la infancia. Pero en ambos casos —y esto es lo relevante— quien puede decir esto ya se encuentra fuera de su presente, enajenado de su inmediatez. Y eso es lo que, en definitiva, somos, hombres y mujeres sometidos a una exigencia que en absoluto puede darse. Otra cosa es que nos demos cuenta de quienes somos en verdad. Pero este es un viejo asunto.