substancia

junio 10, 2013 § Deja un comentario

¿Un sustrato de cualidades sensibles? ¿Una cosa-en-sí? Le vas quitando las hojas a la alcachofa y, al final, te quedas sin nada… Ahora bien ¿tendría que haber algo? En principio, eso es lo que imaginamos: hay algo ahí que se muestra de un modo u otro. Eso es lo supuesto, sin duda: que hay un algo ahí del cual decimos o vemos algo. Pero ¿se trata de algo más que de una hipótesis mental? Vamos a dar por cierto que hay cosas, que el mundo no es una alucinación. Nosotros somos, de hecho, los que se enfrentan a un mundo, a una exterioridad. Prescindimos del ahí afuera y no hay yo que valga. Pues el yo, en tanto que delimitado por la temporalidad del pensar, no puede darse, ni siquiera a sí mismo, si no es dentro del marco de un no-yo. Por otro lado, nuestro acceso espontáneo a la sustancia de las cosas es por descomposición. Analizamos las cosas que nos traemos entre manos y, así, llegamos a sus elementos básicos. En principio, siempre cabe analizar, descomponer. Ahora bien, el análisis solo es posible donde damos por descontado que hay algo así como una sustancia del mundo, una especie de cosa última. Sin embargo, si la cosa es siempre, por definición, analizable, la cosa última no puede ser en modo alguno una cosa, sino en todo caso la idea de una cosa última, una exigencia, un deber ser. Esto lo vio Platón… y también Hume. Ahora bien, la diferencia entre ambos —la diferencia entre la Antigüedad y nuestros tiempos modernos— es que, en el primer caso, la idea posee entidad, es algo exterior a la mente, a la manera de una proporción matemática, mientras que en el segundo es solo un contenido mental. De ahí que la experiencia de lo real del hombre antiguo, o cuanto menos del cultivado, sea la de aquello que no acaba de darse en lo tangible. Para Platón, si podemos ver cosas es porque en la cosa que vemos siempre queda algo por ver. Mientras que para el moderno, en tanto que la cosa última no deja de ser un invento de la mente, no hay más cera que la que arde. Y, por eso mismo, su gran cuestión será la de cómo salir de uno mismo, de los estrechos límites de su receptividad.

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