el Jesús histórico

junio 11, 2013 § Deja un comentario

Supongamos que fuéramos de los que acompañaron a Jesús por las tierras de Galilea. ¿Habríamos visto a un dios? En modo alguno. Habríamos visto, en cualquier caso, a uno de los nuestros, solo que con un carisma especial. Un profeta apocalíptico, un enviado de Dios, un taumaturgo. Nada más, aunque tampoco nada menos. Tampoco es que esto nos venga de nuevo, pues el evangelio de Marcos insiste, una y otra vez, en que hasta la Cruz, los discípulos no entendieron quién era aquél que predicaba, a la manera del bautista, la irrupción inminente del Reino. Ahora bien, ¿qué revela la Cruz? ¿qué, la Resurrección? ¿Hemos de entender que tras ella los discípulos se dieron cuenta de que habían tratado con un dios vestido de hombre? Difícilmente, pues un dios, aunque se vista de hombre, no puede morir. ¿De qué se dieron cuenta, entonces? Probablemente, de varias cosas y no siempre fácilmente armonizables. Que si teníamos, una vez más, la vieja historia del profeta que acaba mal. Que si la muerte, en realidad, no afectó al espíritu de Jesús. Que si Dios le abandonó en el último momento, vete tú a saber por qué. Ahora bien, en cualquier caso, el tema —el misterio, lo que exigía una interpretación— era el hecho de que el enviado de Dios muriera como un maldito de Dios. Evidentemente, no hay misterio para quienes consideraron que, en verdad, no fue un hombre de Dios, sino un impostor. El misterio surge cuando, a pie de Cruz, se sigue dando por cierto que Jesús actuaba y predicaba en nombre de Dios. ¿Cómo fue posible que el poder de Dios —el que resucita a los muertos— no pudiera con la Cruz? Así pues, o la Cruz demuestra que Jesús fue un embaucador, un charlatán, o la Cruz revela algo que pertenece a la misma esencia de Dios. La Cruz, por sí sola, no revela nada. Es necesario contar la historia de Jesús para que su fracaso resulte significativo. Pero la historia de Jesús sin el misterio de la Cruz, esto es, una historia en donde la Cruz no tiene nada de misteriosa, sino que se entiende simplemente como un mal final, un final debido únicamente a la impiedad de los hombres, deja a Dios en el lugar en el que estaba, es decir, por encima de la Cruz. Y aquí difícilmente podríamos hablar de Encarnación. Difícilmente podríamos decir que Dios se da por entero en el Crucificado. Ahora bien, lo cierto es que los cristianos entendieron con el tiempo, no sin dar unos cuantos tumbos teológicos, que no hay otro Dios que el Crucificado, que, en definitiva, algo le ocurrió a Dios en la Cruz de Jesús de Nazareth. Pues lo que decimos cristianamente es que Dios no se da si no es como ese hombre que sufrió por causa de Dios sin Dios mediante. Que no hay otro estar ante Dios que el de quien se encuentra ante los crucificados con los que Dios se identifica, de una vez por todas, en la cruz de Jesús de Nazareth. Y lo que no sea esto es, sencillamente, un faltar a la verdad. Aunque se trate de ese faltar —de esa impostación— que permite que el cristianismo sobreviva históricamente como la religión de Occidente.

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