la cosa como tal

junio 11, 2013 § Deja un comentario

Tenemos ante nosotros un billete de cien euros y eso es un billete de cien euros. Un aborigen australiano de los de antes de la colonización no vería un billete de cien euros, sino un pedazo de papel más o menos vistoso. El aborigen australiano se sorprendería de que los blancos seamos capaces de matar por ese pedazo de papel. Inevitablemente creería que somos unos supersticiosos, que creemos ver propiedades mágicas en lo que, según él, no es más que un trozo de papel. ¿Está más cerca de la verdad el aborigen que dice que eso no es más que un trozo de papel, que nosotros cuando vemos un billete de cien euros? Evidentemente que no. El aborigen no puede ver ese pedazo de papel como un billete porque su mundo australiano no admite el dinero. Para el aborigen, ese pedazo de papel no se encuentra inserto en el entramado de relaciones que hacen posible que nosotros podamos verlo como algo más que un simple pedazo de papel. Para nosotros no es un pedazo de papel, aunque materialmente no sea otra cosa que papel. La pregunta por la visión verdadera, aquella que nos permite comprender qué es en realidad eso de ahí no parece, pues, pertinente. Esto es, no está más cerca de la verdad el científico cuando analiza ese billete como una estructura molecular que el banquero cuando lo atesora. El banquero no trata con una estructura molecular, sino con dinero. El científico aquí es como el aborigen: no puede ver ese pedazo de papel como algo distinto a una estructura molecular. Ciertamente, si caben diferentes visiones de eso que tenemos ahí delante es porque hay algo ahí delante y lo que hay ahí delante es, en términos generales, una cosa. Todos se encuentran ante la misma cosa, pero no la ven como la misma cosa. No pueden verla si pertenecen a mundos distintos. No hay, pues, una visión de lo que las cosas son en sí mismas, esto es, al margen de su darse de un modo u otro. Ver una cosa es siempre verla como algo diferente a lo que es en tanto que mera cosa-ahí. Es decir, no hay algo así como una acceso sensible a la cosa como tal. La cosa, en el mero hecho de darse sensiblemente, difiere, huye de sí misma. Por tanto, la cosa aparece —se nos muestra— como la negación de lo real. La cosa como tal —la alteridad misma de lo que vemos, su carácter otro, su realidad— solo puede ser pensada. De ahí que cuando no pensamos —cuando no nos interrogamos sobre la realidad de lo visto— tendamos a confundir el (a)parecer con el ser. Aplíquese lo anterior al Bien, la Belleza, a Dios mismo y tendremos una bonita introducción a la metafísica.

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