los niños rotos
junio 17, 2013 § Deja un comentario
Diría que hay algo así como dos sentimientos básicos —dos psicologías— que determinan en gran medida una visión del mundo. La primera es la de quien se siente formando parte de un orden más amplio. La actitud que se desprende de este sentimiento fundamental es la propia de quien se sabe en manos del gran otro, se trate de Dios o de la conjunción estelar. A esta actitud la podríamos denominar infantil, pues es la actitud de quienes permanecen en la posición básica de la infancia, cosa que no tiene por qué comprenderse peyorativamente. En el niño residen los temores más atávicos, pero también la alegría de vivir. La segunda actitud es la de los niños rotos, la de aquellos que no pueden sentirse en este mundo como en casa. Para ellos, los expulsados, el mundo se muestra como desencantado, literalmente, como algo sin hechizo. Los niños rotos no pueden percibir los signos del gran Otro salvo como infortunio o condena: o bien no tienen dios que les bendiga o bien nacieron bajo el auspicio de una mala combinación astral. En cualquier caso, son los desechos del orden cósmico. Son los que se experimentan a sí mismos como los que no debieran existir. Todo esto no supone que sean incapaces de asombro. Al contrario: quizá porque son más sensibles al sinsentido que hay detrás de tot plegat, puedan comprender el valor infinito de un día de sol o de la mera vida. Ahora bien, por eso mismo, son ellos y no los otros, los que desarrollan un yo más robusto, más inquietante. La separación, la distancia con respecto a cualquier modo de ser que pueda caracterizarles, les dota de una libertad de espíritu que en modo alguno pueden alcanzar quienes se identifican gruesamente con su papel. Sea como sea, lo cierto es que las visiones del mundo que corresponden a cada psicología son inconmensurables. Así, a la primera le corresponde un dios que se concibe como cima del mundo, como su sustancia o fundamento. El Dios de los niños rotos es, en cambio, un Dios que no puede integrarse en la Creación, un Dios cuyo más allá en modo alguno puede entenderse como la dimensión oculta del mundo. Un Dios que brilla por su ausencia. Los niños esperan confirmar su ilusión. Los niños rotos esperan, en cambio, una nueva Creación. Los niños se sienten en manos de una providencia cuya efectividad depende de su capacidad para ponerse enteramente en sus manos. Los niños rotos se sienten en manos de una medida de Gracia. O los niños rotos son unos enfermos del espíritu o están más cerca de la verdad. Si es lo primero, entonces el salto que va de unos a otros es como una mutación biológica. Si es lo segundo, entonces puede salvarse la igualdad, pero solo a costa de desenmascarar la creencia de los primeros como espejismo. En cualquier caso, es posible que el triunfo histórico del cristianismo —originariamente una fe de niños rotos— se deba a que supo integrar en su seno ambas psicologías. Sin embargo, esto no puede significar otra cosa que la habilidad para colar junto al Dios verdadero del monoteísmo, la visión pagana de la divinidad.