natura naturans
junio 18, 2013 § Deja un comentario
Los amantes de la naturaleza —los naturistas— deberían, cuanto menos, admitir que una de las experiencias elementales de quien vive en medio de la selva es el temor a ser devorado. Pues, naturalmente no hay alternativa: o comes o eres comido. De ahí que el hecho de enterrar a los muertos, con independencia de la creencia, sea uno de los momentos fundacionales de lo humano. Pues el hombre nace del imperativo, de la exigencia que le impide aceptar la naturaleza de las cosas: tus padres, tus hijos, tus hermanos, no serán pasto de las fieras. Un muerto bajo tierra, en tanto que mantiene su integridad, sigue siendo, en cierto sentido, un yo. Ahora bien, el precio que tuvimos que pagar por nuestra humanidad fue, precisamente, la pérdida del sentido más atávico de la alteridad. Y es que un Otro que no pueda quebrar la línea maginot de nuestra subjetividad no acaba de ser algo en verdad otro. El Otro es, por definición, tan fascinante como terrible, tan bello como repugnante. Por defecto, uno siempre se encuentra en manos del Otro. De ahí que, cuando nos quedamos solo con uno de los lados de la alteridad, el Otro se convierta en una abstracción, en una imagen de lo Otro, algo que se muestra según la estrecha medida de la subjetividad. Y de ahí también que la gran cuestión del hombre sea la cuestión religiosa, la cuestión acerca de cómo recuperar esa relación con la alteridad perdida. Ahora bien, la mayoría de los hombres y mujeres de sensibilidad religiosa pretenden hacer la tortilla sin cascar los huevos, esto es, religarse al Otro sin temor. Como si el Otro fuera el abuelo de Heidi, la matriz de la Tierra o una especie de magma etéreo. Pero como muy bien sostiene la tradición rabínica, sin temor de Dios no puede haber bendición que valga. Podríamos decir que un creyente se encuentra cabe Dios como aquel que es amamantado por la osa que puede, con todo, devorarlo. Por eso quien confía en sus propias fuerzas, quien está tan seguro de su propia posibilidad, difícilmente puede decir que se halla en manos de Dios.