entender el cristianismo

junio 20, 2013 § Deja un comentario

La historia es conocida: un antiguo general, rico terrateniente que tenía poderosas relaciones, vivía en uno de sus dominios, que contaba con dos mil almas. Era uno de esos hombres que, una vez retirados del servicio, creían tener derecho a disponer de la vida y la muerte de sus siervos. Tenía un centenar de monteros, todos uniformados, y varios cientos de lebreles. Un día, el hijo de una de sus siervas, un niño de ocho años, que se entretenía tirando piedras, hirió en la pata a uno de sus lebreles favoritos. Al ver que el perro cojeaba, el general inquirió el motivo y se le explicó todo, señalándole al culpable. Inmediatamente, el general ordenó que encerraran al niño, al que arrancaron de los brazos de su madre y que pasó la noche en el calabozo. Al día siguiente, al amanecer, se pone su uniforme de gala, monta a caballo y se va de caza, rodeado de sus parásitos, monteros y lebreles. Se reúne a toda la servidumbre para dar un ejemplo y se conduce al lugar de la reunión al chiquillo con su madre. Era una mañana de otoño, brumosa y fría, excelente para la caza. El general ordena que se desnude completamente al niño, lo que se hace al punto. El chico tiembla, muerto de miedo, sin atreverse a pronunciar palabra. El general ordena que corra. El niño echa a correr. El general profiere el grito con que acostumbra lanzar a la jauría en pos de las presas, y los perros se arrojan sobre el niño y lo destrozan ante los ojos de su madre. No hay madre que pueda perdonar aquí, ninguna madre puede hacer aquí borrón y cuenta nueva. Mejor dicho: ninguna madre debe naturalmente hacerlo. ¿En nombre de qué impulso o ideal podría honestamente hacerlo? ¿En nombre de qué armonía cósmica podemos aceptar este dolor? ¿Acaso basta con suponer que el verdugo tendrá su merecido castigo? ¿Qué infierno —qué venganza— puede compensar el infierno que sufren los inocentes? Hay que imaginar a ese niño que en su agonía redime a su verdugo —hay que imaginar este absurdo, esta imposibilidad— para entender de qué va el cristianismo. Pues acaso no haya otra salvación para este mundo que la que nos dan los que murieron por nuestra culpa.

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