Metropolitan
junio 28, 2013 § Deja un comentario
Por un lado tenemos a los fariseos. Los fariseos —los buenos, los que se sientan en las primeras filas— son como aquellos que se esfuerzan para mantener un cuerpo siempre joven, esbelto, irreprochable. En la mente de ambos encontramos lo mismo: una idea de lo que debemos ser, un ideal. Por el otro, tenemos a quienes ya no pueden creer en la posibilidad de alcanzar el ideal: los que no son in, los cuerpos deformes, excluidos, sin remedio. Los primeros están tan orgullosos de sí mismos que difícilmente saldrán de sí mismos. Los segundos ya están fuera de sí. Los primeros creen que Dios —o lo último— es Belleza. Los segundos no saben por donde para Dios. Los primeros con las cosas de Dios se sienten como en casa. Los segundos, acaso no puedan hacer otra cosa que invocarlo.