Ex 24,7

julio 9, 2013 § Deja un comentario

A pie del Sinaí, Israel responde a Moisés con una declaración que constituye algo así como el núcleo duro de la espiritualidad judía: naase ve nishma. Las traducciones habituales del versículo en las Biblias cristianas simplifican en exceso el pasaje, pues ellas suelen decir más o menos lo siguiente: «obedeceremos y haremos lo que dice el Señor», cuando una traducción más ajustada al original debería indicar una inflexión cualitativamente diferenciada entre los verbos: primero obedeceremos y luego entenderemos (o nos haremos cargo o caeremos en la cuenta). La simplificación quizá obedezca a nuestra dificultad para aceptar una obediencia ciega. ¿Acaso no somos nosotros los primeros en preguntarnos por el sentido de lo que hacemos? ¿Acaso nuestra idea de libertad no exige un porqué antes de ponernos manos a la obra? Una obediencia sin porqué, ¿acaso no cae en las agitadas aguas del irracionalismo fundamentalista? Pero, no van por ahí los tiros de la experiencia veterotestamentaria de Dios. El conocimiento anticipado del porqué no sostiene la obediencia al mandato de Dios. Si así fuera, Dios no podría ser reconocido como Señor. De hecho, la relación es inversa: porque obedecemos, comprenderemos. Primero la obediencia a Dios y luego veremos de qué va nuestro tener que decir algo acerca de Dios. Ahora bien, esto no hay que entenderlo como si simplemente un padre le dijera a su hijo que ya comprenderá mas adelante la importancia de comer esas legumbres que tan poco le gustan…, pues Israel hace ya un tiempo que ha dejado de ser un niño. El significado del versículo es más profundo. En verdad apunta a la raíz de la experiencia misma de Dios, la cual no se da, precisamente, como poder, aun cuando así lo entendiera inicialmente Israel, en el momento de la liberación de Egipto. Un poder es algo que podemos constatar. Pero la realidad de Dios no es, precisamente, la de un poder constatable. Al contrario, Dios no se da como una posibilidad —la figura de la zarza que, a pesar de arder, no se consume, ya nos indica que Dios es «imposible»—, sino como demanda infinita, como mandato insatisfacible, al tiempo que insoslayable, como Ley… de Dios. La obediencia ciega que Dios reclama no es, por tanto, a sí mismo —esto sería talibán—, sino a su Mandato. Hay que comprender esta aparentemente sutil diferencia para comprender de qué va esto de Dios. En nombre de Dios, ¡hay que obedecer a la Torá antes que a Dios! Quien comprende esto, comprende el hard core de la fe monoteísta. Quien no lo entiende —quien pretende tener algo así como un acceso directo a Dios, quien cuenta con su presente—, tarde o temprano hará de Dios un dios a su medida, un ídolo, una explicación. Y es que el acceso a lo que nos concierne incondicionalmente, por decirlo a la manera de Paul Tillich, no se da bíblicamente en el orden del saber. En realidad, aquello que podemos llegar a saber, por el simple hecho de saberlo, en modo alguno puede dársenos como aquello que nos concierne incondicionalmente. Incluso donde eso que hay que saber sea el poder de la bondad o cosas por el estilo. En realidad, lo que nos concierne incondicionalmente no es algo a lo que podamos acceder de un modo u otro, sino que es algo que, por el contrario, «accede a nosotros», como interrupción de todo cuanto constituye nuestra posibilidad —como quiebra de nuestro mundo—. Y lo único que puede darse así es, precisamente, el imperativo de Dios, aquél que nos convierte repentinamente en rehenes del pobre. Lo absolutamente primero —o, si se prefiere, lo último— no es, pues, un poder o una sustancia que pueda provocar nuestra epidermis o nuestra mente. Lo primero no es algo de lo que podamos hacernos una idea, aunque sea imprecisa. Lo primero —aquello en lo que siempre nos encontramos aun sin saberlo— es la orden de sacar a tu hermano del hoyo. Lo primero es lo absolutamente intolerable del hambre, de la violencia, de la orfandad. No se trata, sin embargo, de un impulso ético a secas, aun cuando, ciertamente, haya mucho de ética aquí. El impulso ético se detiene ante lo imposible. Tiene que hacerlo. Nada se nos exige moralmente cuando es altamente improbable que podamos conseguir lo que inicialmente se pretende. Aquí Israel se encuentra en la situación de quien debe sacar a su hermano del hoyo, sí o sí, esto es, aunque no pueda. Más aún: cuanto menor sea la posibilidad, mayor será el deber, la urgencia, la necesidad. Un creyente no es, por tanto, aquél que de entrada supone algo de Dios y obra en consecuencia, sino aquel que, precisamente, por no poder hacerse una idea de Dios por sufrir la ausencia de Dios, por echar a Dios en falta— se encuentra de bruces con la urgencia de los estómagos vacíos, de la vida de perro de los esclavos de Egipto, de los niños que habitan como ratas en las cloacas del metro de Moscú. Hay que sacar a esos niños de ahí. Esto es lo absolutamente primero y nada más. Mejor dicho: y no otro debes sacarlos de ahí (por eso el Dios de Israel solo puede declinarse personalmente.) Y luego, cuando acabe todo esto (es decir, la historia), ya hablaremos de Dios. En nombre de Dios, pues, Dios nunca fue el tema (de Dios).

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