Ariel

julio 10, 2013 § Deja un comentario

Una de las metáforas favoritas de la religión es la de la mancha. Tarde o temprano, los hombres, sea de facto o «de corazón», terminamos haciendo algo que deja en nosotros una mancha indeleble: traicionar a un hermano, abusar de una niña, matar. ¿Es posible ir hacia atrás, restaurar la posición originaria? ¿Cómo borrar la mancha? Los mancillados sueñan con la pureza. Para ellos, el volver a nacer es cuestión de vida o muerte. En el supermercado religioso, hay mil rituales que simbolizan la restauración. Por un lado, la plata. Por otro, la ganga. Se trata, en definitiva, de ver cuál de ellos lava más blanco. Sin embargo, los tiros cristianos de la liberación no parece que vayan por ahí. Cristianamente, no parece que se trate de liberar al culpable del sentimiento de culpa, sino de restablecer los vínculos que el crimen ha roto. No se trata, pues, de la pureza, sino de la reconciliación. Ahora bien, la reconciliación solo puede darse como perdón de la víctima y el perdón no borra la mancha, sino que la besa, como quien dice. De ahí que la «resurrección de los muertos» no se entienda cristianamente como una operación de limpieza en la que el alma se desprende definitivamente de las taras del cuerpo, sino como una elevación de la carne. El verdugo sigue soñando con sus víctimas, a pesar del perdón. Ahora bien, solo porque la mancha en cierto modo sigue ahí —solo porque las víctimas del ayer se le aparecen en las víctimas del hoy— puede ponerse, esta vez, en sus manos. «Resurrección» significa, pues, una segunda oportunidad. Es cierto que las heridas cicatrizan. Pero las cicatrices crecen con nosotros.

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