el dato inicial (y 2)
julio 28, 2013 § Deja un comentario
Posiblemente el pistoletazo de salida de la confesión creyente fue un simple dato: hubo bondad donde no podía haberla en modo alguno, en medio del infierno. Los primeros cristianos comprendieron este acontecimiento desde un doble esquema. O bien, desde la división religiosa entre el mundo de arriba y el de abajo —y, así, entendieron que la imposible bondad de Dios descendió en medio de los hombres (e imposible, lo hemos dicho muchas veces, porque no puede admitirse como una posibilidad del mundo, porque su aparición implosiona el mundo)—, o bien desde la expectativa escatológica y, así, dijeron que esa bondad fue una anticipación de los últimos días. La cuestión es cómo podemos nosotros ver esa bondad, nosotros que ya no contamos con los recursos de la religión o la expectativa escatológica. La manera habitual —moderna— de verla es apelando a la profundidad: como si esa bondad surgiera de las profundidades abisales del hombre. Como si esa bondad fuera lo más verdadero, lo más auténtico que hay en nosotros (que, además, algunos la denominen divina, quizá sea lo de menos, pues Dios aquí ya no sería Dios, sino tan solo el nombre de la bondad). Pero con ello o bien le estamos dando la razón al gnosticismo, o bien al maniqueísmo (pues cualquiera con dos dedos de frente entenderá que en dichas profundidades encontramos peces de todos los colores: tanto los que desprenden luz como los que la devoran).