a título personal

agosto 4, 2013 § Deja un comentario

Muchos cristianos de hoy en día están convencidos de que ya no toca dirigirse a un Dios personal. Que el carácter personal de Dios es un resto de la necesidad mítica de imaginarse a Dios como uno de los nuestros. De ahí que sustituyan al Dios personal de la viejos tiempos por una especie de sucedáneo del océano. Dios pasa de ser un Tú a ser un Ello. Lo curioso del caso es que estos cristianos creen estar haciendo justicia al sentido verdadero de las Escrituras, cuando lo cierto es que, en vez de actualizar el cristianismo, lo único que han hecho es sustituirlo por otra cosa. Sin duda, las Escrituras no admiten la posibilidad de que los hombres se hagan una imagen, incluso mental, de Dios. Y en este sentido los cristianos modernos tienen razón al rechazar la personificación de Dios. Pero si la Biblia insiste en hacer de YWHW un Yo no es porque tengamos que imaginárnoslo como el fantasma del abuelito de Heidi, sino porque no cabe otra relación con Dios que la personal. Pues Dios es, antes que nada (esto es, ¡antes de caer en la nada!), el que nos llama. Quien dice experimentar a Dios y no escucha esa llamada que quiebra la continuidad de nuestra existencia, no experimenta a Dios, sino una idea de Dios. Y es que la llamada de Dios —la que nace de los estómagos del hambre— no nos conduce a las profundidades del océano, sino al abismo de Getsemaní, allí donde no parece que Dios esté por la labor. Quienes hacen de Dios el motivo de la autosatisfacción creyente, aun cuando se cubran con la capa del buen rollo, son, sencillamente, instrumentos de Satán, como se decía antes, quizá porque eran más conscientes que nosotros de que o estamos en manos de Dios o de quien lo niega.

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