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agosto 6, 2013 § Deja un comentario

Es difícil entender de qué va esto de la promesa de Dios, si seguimos empecinados en verla como una expectativa. La reconciliación que viene de Dios no coincide, sin más, con nuestra necesidad de suponer que la fiesta terminará bien. Judíamente, creer en la promesa de Dios es encontrarse sometido a ella. Como todo cuanto es de Dios, la promesa también se declina en imperativo. La promesa es Ley (y la Ley, promesa: amarás a Dios, esto es, terminarás amándolo). Así, en nombre de Dios —en nombre de la vida que nos ha sido dada desde el horizonte mismo de la nada— debe haber reconciliación, aun cuando no podamos honestamente concebirla como una posibilidad del mundo.

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