matices
agosto 7, 2013 § Deja un comentario
Nos equivocamos cuando damos por hecho que la fe es una posibilidad al alcance de cualquiera, como si, al fin y al cabo, fuese una opción entre otras. Que uno elige la fe como otros pueden elegir unas vacaciones en el desierto de Gobi. Sin embargo, el sujeto de la fe no es el mismo que aquel que se sitúa ante la posibilidad de tomar un whiskey u otro. No cualquier yo es capaz de creer. No cualquier yo se encuentra en la situación de dar fe. Así, quien cree que la bondad tendrá la última palabra, donde no cabe sensatamente suponerlo (pues en eso consiste la fe), no cree porque dicha creencia le resulte conveniente o satisfactoria. De hecho, probablemente preferiría tener que ahorrársela. Cree porque no tiene más remedio, como quien dice. Pues en el fondo la fe es la aceptación (el fiat) de lo que has visto con tus propios ojos (o los del testigo), a saber, que hubo quien fue capaz de bondad en medio del infierno. Que el empuje de la muerte no pudo con ella. Cree, por tanto, quien dice amén: que así sea (y, por tanto, quien se halla enteramente pillado por el imperativo que va con la promesa). Pero, por eso mismo, hay que estar ahí, en medio del dolor y la violencia que constituyen el background de la revelación, background sin el cual la esperanza creyente no deja de ser un candor de quienes necesitan creer que, al fin y al cabo, no pasa nada.