sobre el absurdo de la resurrección, una vez más

agosto 10, 2013 § Deja un comentario

Hay dos posiciones básicas en esto de la fe. La primera es la de quien se encuentra abierto, mejor dicho, sometido a la im-posibilidad de Dios, en concreto, a la imposibilidad de su justicia. La segunda, más típica, es la de quien se sitúa ante Dios como el garante de un determinado modo de ser o ideal moral. La primera es bíblica. La segunda puede perfectamente prescindir de Dios (y tarde o temprano lo hará… o debería, sensatamente, hacerlo). Dios —la Justicia de Dios— es im-posible en tanto que no puede comprenderse como una posibilidad natural del mundo. Quien haya sufrido las profundidades abisales de la injusticia difícilmente puede suponer que este mundo, por sí solo, tiene remedio. De ahí que el creyente no pueda hacerse una imagen de la im-posibilidad de Dios. Sin embargo, para el creyente tiene que haber una justicia final —una justicia de Dios— en nombre de la vida que le ha sido dada como herencia. Tiene que haberla, aun cuando no pueda haberla. Un creyente es aquel que permanece ante esta im-posibilidad, mejor dicho, bajo el mandato que conduce a ella, pues no hay que olvidar que bíblicamente todo cuanto es de Dios se declina en imperativo, incluso la promesa. Por eso la imagen de la «resurrección de los muertos», presente en el judaísmo desde los tiempos de la persecución de los Macabeos, no debe comprenderse en los términos de una expectativa, como si efectivamente pudiéramos hacernos una idea de la resurrección de los muertos sin hacer de ella un episodio de the walking dead, sino que debe admitirse como el síntoma de un encontrarse en manos de la im-posibilidad de Dios. Fe en la resurrección es fe en la im-posible Justicia de Dios. ¡Incluso los muertos serán juzgados! Un creyente no puede admitir la muerte como liberación. Los muertos también se hallan pendientes de Dios. Pero «¿crees realmente en ello?», podríamos preguntarle ahora a un rabino. Y él probablemente diría: «obviamente, no puedo creer en ello. Pero finalmente será así.» Somos nosotros, griegos hasta la médula, que no acabamos de entender qué supone creer sin hacernos una idea. De ahí que no sepamos qué hacer con la resurrección y digamos cosas tan estúpidas como que creer en la resurrección es lo mismo que creer que Jesús sigue vivo en nuestros corazones o que la causa de Jesús continúa. Sin embargo, la fe en la resurrección de los muertos es la piedra de toque de la fe. Cree quien puede creer en ella. Por eso una buena pregunta —aquella que ya se hizo el nazareno en su momento y que constituye una especie de leitmotiv bíblico— es quién puede creer en verdad. Y de ahí también que si aún hay Dios es porque algunos pocos —ese resto— son capaces de creer, capaces de Dios.

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