al fin
agosto 11, 2013 § Deja un comentario
La pregunta no es si Dios existe o no, pues, Dios en verdad no puede existir qua Dios, sino dónde o cómo se hace presente. Si Dios no es un ente —si la realidad de Dios no es la de algo o alguien ahí—, entonces Dios solo puede mostrarse como Dios donde un creyente se encuentra bajo el poder del mandato de Dios. Esto es, Dios se manifiesta en la fe del hombre. Así, esta es la verdad del Hijo: que no hay otro Dios que aquel que encarna quien le obedece hasta el final, esto es, más allá de la des-aparición de Dios. Sin Hijo no hay Padre que valga. Sin Hijo, Dios es una mera divinidad, esto es, un mero poder al que el nombre de «Dios» le viene grande. Dios tiene que des-aparecer para que el Hijo pueda revelarlo como Padre, esto es, como aquel que exige del hombre la obediencia que conduce al hermano. De ahí se sigue, sin embargo, que Dios deje de hacerse presente una vez ya no haya hombres o mujeres capaces de Dios, capaces de soportar, sufrir su Altura. Ahora bien, esto ocurrirá cuando el mundo se haya transformado en el Reino de Dios. Quizá el significado profundo de la Trinidad, el que encontramos entre líneas en el evangelio de Juan, sea, precisamente, este: que Dios tiene que desaparecer para que el Hijo pueda revelarlo como Padre; y el Hijo tiene que morir (ser junto al Padre, esto es, des-aparecer) para que pueda darse como Espíritu de Dios que habita entre los hombres. Pues acaso el destino de Dios sea, precisamente, el de llegar a ser el cemento de una fraternidad universal.