le mepris
agosto 14, 2013 § Deja un comentario
El desprecio del ignorante va con el saber. No porque el sabio esté por encima del ignorante —pues quien sabe, en el fondo, es muy consciente de que, en el fondo, no tenemos idea de nada—, sino porque la ignorancia es prepotente. Incapaz de ir más allá de un palmo de sus narices, el ignorante suele dar por bueno lo que siente, por verdadero lo que le parece. El desprecio es, así, una forma de supervivencia ante el atrevimiento, por lo común gigantesco, de la mediocridad. Ahora bien, el desprecio debe mantener las formas. El sabio no se rebaja por el hecho de que le pida al ignorante que, por favor, le pase una cerveza de la nevera. Se rebaja cuando intenta que el ignorante comprenda. Pues no hay nada que hacer con quien, como la zorra de la fábula, prefiere decir que las uvas están verdes antes que intentar alcanzarlas. De hecho, el desprecio consiste llanamente en no considerar al ignorante como un interlocutor válido. Cuando saca un gran tema, lo mejor es dejarle hablar y que se ahogue él mismo con sus palabras. Al sabio le basta con su silencio, acompañado a ser posible de un emoticono sonriente.