Mt 7 15-20
agosto 16, 2013 § Deja un comentario
Como ya fue dicho: por sus obras, les conoceréis. Si un creyente es aquel que experimenta un sentimiento de radical dependencia con respecto a Dios —o, si se prefiere, con respecto al fundamento de cuanto existe—, entonces esa dependencia ha de poder expresarse corporalmente. No puede ir por ahí como si su vida no pendiera de un hilo, sin experimentar el temor a fallarle al dios de quien depende el sí o el no de su existencia. Un supersticioso, por ejemplo, tiene que «hacer ciertas cosas». No vale decir «soy superticioso» y pasar por debajo de una escalera o no evitar cruzarse con un gato negro. Si alguien dice que hay malos espíritus y no actúa en consecuencia, entonces de hecho no cree en aquello que dice creer. Y un cierto temblor de piernas es inevitable donde hay un dios por en medio. Ahora bien, no parece que les tiemblen las piernas a los intelectuales que, hoy en día, defienden la existencia de Dios. Ellos suelen decir que porque Dios es bueno. Pero en ese caso, un Dios que solo fuera bondad, no sería nada más que la bondad. Si la ira no es una posibilidad de Dios, entonces Dios no puede valer como Dios. Un Dios infunde respeto. Tiene que infundirlo qua Dios. Como el océano. Uno puede bañarse plácidamente en él, sin duda, pero también es posible hundirse en él. Un mar en el que uno no pueda ahogarse es un mar muerto. Quienes hacen de Dios simplemente el nombre de la gran bondad no son conscientes de que han echado al niño con el agua sucia. Los intelectuales que defienden la existencia de Dios sin temblor de piernas son como aquellos metereólogos que predijeran la irrupción de un tsunami como quien anuncia lluvias intermitentes: o bien no saben qué es un tsunami; o bien saben que no es cierto… Los judíos, ciertamente, hablan de la misericordia de Dios. Pero solo porque tienen muy presente que Dios puede aniquilar el mundo cuando le plazca. La misericordia de Dios es, literalmente, una medida de gracia para quienes son muy conscientes que los hombres no son dignos de la vida que les ha sido dada. Para quienes, en definitiva, viven bajo esa espada de Damocles que es la voluntad de Dios. La cuestión es quién puede vivir así.