Marià Corbí en la vanguardia (1)

septiembre 2, 2013 § Deja un comentario

Marià Corbí publicó en la vanguardia de ayer un artículo sobre la necesidad de una espiritualidad laica. Un artículo da poco de sí y más si se trata de un artículo periodístico. Pero, aun así, Marià Corbí consiguió expresar con claridad el núcleo duro de su pensamiento. Las tesis es, básicamente, la siguiente: el cultivo de la espiritualidad, hoy en día, solo puede darse sin el soporte de la religión y sus creencias inexpugnables. La idea tiene su razón de ser. Pues hoy en día difícilmente puede alcanzarse lo que antes se conseguía por medio de la religión. Según Marià Corbí, la religión se encuentra al servicio de modos de vida que se resisten al cambio. Y nuestro modo de vida está basado, ciertamente, en la innovación constante. En este sentido, el sujeto de las sociedades avanzadas, en tanto que se encuentra programado para la continua transformación de su existencia, no puede ya encajar en los moldes de cosmovisiones cuyo propósito es, precisamente, el de bloquear el cambio. En este sentido, la religión, con sus dioses y sus creencias monolíticas, sería disfuncional. La imagen no es de Marià Corbí, pero supongo que refleja lo que él tiene en mente: hoy en día, el cultivo de una espiritualidad basada en la religión es como si un adulto tuviese que preservar las ilusiones de la infancia con el cuento de los Reyes Magos. It is not possible. Las ilusiones del adulto exigen otros medios. Sin embargo, una primera cuestión es qué entiende Marià Corbí por espiritualidad. Según sus palabras el cultivo de la espiritualidad equivale al cultivo de la cualidad humana. De hecho, el prefiere esta segunda expresión por no estar hipotecada por una antropología dualista que distingue dentro de cada uno, se entiende que impropiamente, entre el cuerpo y el espíritu. En cualquier caso, el cultivo de la cualidad humana consistiría, se supone, en promover esos valores que solo pueden arraigar donde el sujeto se encuentra abierto a esas dimensiones de la existencia que no admiten el cálculo. A grandes trazos podríamos decir que el hombre o la mujer espirituales permanecen en la actitud de quien se encuentra en medio de aguas que le cubren, por emplear la hermosa expresión de Merton. Ahora bien, la pregunta que uno se hace, desde el lado cristiano, es si Marià Corbí ha entendido la naturaleza del monoteísmo bíblico. Es decir, si es apropiado meter en el saco de la religión a una fe que se constituye, precisamente, frente a las pretensiones típicamente religiosas del hombre. Pues, una de la convicciones inalterables de la tradición bíblica es que los hombres, por sí mismos, son incapaces de cambiar su corazón de piedra. Sin duda, es posible promover una espiritualidad sin Dios. Es posible educar las actitudes que trascienden los límites de una vida centrada en su supervivencia o satisfacción, sin apelar a creencias que suponen que hay entes superiores pululando por ahí. Es posible trascenderse ascéticamente. Ahí está el budismo y sus variantes. Pero uno sospecha, del lado cristiano, que la relación con Dios no se decide desde la necesidad del hombre de satisfacer su dimensión espiritual. Que de lo que se trata no es de purificarse, sino de responder a Dios. Y no deja de sorprender que, bíblicamente, los capaces de responder a Dios sean, de hecho, aquellos que, de tan hundidos que están en su propia mierda, ya no conciben para sí mismos la posibilidad de un alma bella.

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