Marià Corbí en la vanguardia (2)

septiembre 4, 2013 § Deja un comentario

La profilaxis de Nietzsche sigue siendo necesaria para evitar hacer el mono por ahí. Como es sabido, la cuestión de la verdad, para Nietzsche, no es la cuestión de qué hechos se corresponden a nuestras representaciones del mundo, sino la de quién necesita que dichas representaciones sean verdaderas. El alcance de esta intuición probablemente aún no haya sido pensado con la suficiente radicalidad. Pues lo que se desprende de dicha intuición es que el sujeto de la verdad no es alguien que se encuentra, en cierto sentido, fuera del mundo dispuesto a contrastar empíricamente cuanto podamos decir de las cosas que nos traemos entre manos. El sujeto de la verdad es alguien que se encuentra sujeto, precisamente, a la serie de verdades que admite como dadas. En este sentido, uno no posee la verdad, sino que, en cualquier caso, es poseído por ella, como quien dice. El corolario es inmediato: el yo que está implicado en la creencia, mejor dicho, el yo que se encuentra expuesto a la trascendencia no es el mismo que el yo que sostiene que no hay más leña que la que arde. La diferencia sería casi biológica. Pues todo esto viene a cuento a propósito de las tesis de Marià Corbí. Y es que uno puede perfectamente preguntarse quién puede afirmar que de lo que se trata es de purificarse o elevarse. O, por decirlo de otro modo, quién necesita decirse que el cultivo de la cualidad humana depende de que podamos conectarnos o sintonizar con el espíritu que sostiene cuanto es, se supone que benévolamente, cosa que quizá sea mucho suponer. En principio, aquellos que pueden sentirse en este mundo como en casa. No quienes experimentan el mundo como opresión, como asfixia. No los gaseados por el mundo. Para ellos, el Mal es tan evidente, que la pregunta acerca de cómo hemos de vivir para que haya paz y amor es, cuanto menos, desconcertante. Para ellos la única cuestión es qué, mejor dicho, quién nos sacará del pozo. Esto es, quién nos salvará. Y, en la mayoría de los casos, la situación es tal que la pregunta solo puede responderse increíblemente. De ahí la fe. Es posible que la palabra «salvación» no tenga mucho sentido para una cosmovisión como la de Marià Corbí. Es posible que en su lugar prefiera expresiones del tipo «vida plena» o, incluso, «felicidad». Pero que la salvación no sea nuestro asunto no implica que no haya salvación, sino que no la hay para nosotros, hombres y mujeres necesitados de compensar espiritualmente una vida cada vez más prosaica. De hecho, para una sensibilidad bíblica quien no implora por la salvación de los oprimidos —quien no ha hecho suyo el clamor del pobre— permanece en la impiedad. Quien solo aspira a la perfección, aunque esta sea moral, no deja de ser un joven rico.

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