asombro y trascendencia
septiembre 5, 2013 § Deja un comentario
El asombro es la puerta natural a la trascendencia como testimonian no solo Platón o Aristóteles, sino también el autor del libro de Job (teniendo que añadir aquí el sentido del escándalo). La puerta no nos conduce, sin embargo, a otro mundo, sino a lo otro del mundo, de cualquier mundo. Uno puede decir, perfectamente, que el cosmos no es más que materia. Y, probablemente, no haya más que materia. En esta línea, los hombres serían simples máquinas que reaccionarían, como cualquier otro cuerpo, aunque quizá con mayor inteligencia, a los estímulos del entorno. Pero uno también puede preguntarse por qué hay algo en vez de nada. Quien comprende el alcance de la pregunta comprende que no se trata de una pregunta por la última causa del mundo. De hecho, tampoco queremos dar a entender que la nada sea anterior al mundo. La posibilidad de la nada —que en clave moral, que es como la entiende un judío, sería la posibilidad de la aniquilación— es la posibilidad de quien se enfrenta al mundo. Más aún, quién entiende el alcance de la cuestión entiende que ésta no puede admitir una respuesta. Y, precisamente por esto, quienes permanecen, aunque sea tangencialmente, en el asombro se encuentran abiertos a lo que, de algún modo, supera de por sí el mundo, incluyendo el sobrenatural. Pues el mundo se revela como provisional, por no decir ilusorio, para quienes se mantienen en las preguntas que no podremos resolver. Aunque no solo como provisional, sino como don. Y es que todo se nos da desde el horizonte mismo de la nada. De ahí que nuestra relación con el más allá, como supieron ver perfectamente los descendientes de Abraham, no puede exponerse en los términos de un saber, sino de una exigencia, aquella en la que, precisamente, habitamos.