Marià Corbí en la vanguardia (y 3)
septiembre 7, 2013 § Deja un comentario
No parece que a Marià Corbí le entusiasme la vieja distinción entre cuerpo y alma. Marià Corbí rechaza, como tantos otros del mismo palo, el pensamiento dualista por falso. Para él, cuerpo y alma forman una unidad, de modo que quienes contrapongan cuerpo y alma no harían otra cosa que expresar su falta de reconciliación con ellos mismos. Ciertamente, la imaginación tiende a entender el espíritu como si fuera una especie de fantasma interior. En este sentido, Platón decía que el cuerpo era la cárcel del alma. Y, sin duda, hoy en día resulta difícil seguir bajo el influjo de estas imágenes. No obstante, uno puede preguntarse qué verdad expresa la vieja distinción entre cuerpo y alma. Pues lo cierto es que nuestra integridad no es algo que podamos dar por descontado. Dentro de cada uno habitan múltiples voces —múltiples exigencias— y no todas son fácilmente armonizables. En este sentido, no es lo mismo ver en una mujer un cuerpo con orificios que un alma que reclama nuestra caricia. Existe el odio genocida y existe la entrega insensata del justo. Y ambos –el espíritu del odio y el de la entrega— habitan dentro de cada uno de nosotros. El mundo es tierra de combate. Y la integridad, en cualquier caso, un por-venir. Creo que se equivocan quienes defienden el pensamiento no dual. Pues, lo que suelen dar por sentado, es que somos como el agua y que de lo que se trata es de cristalizar bellamente. Parece ser, según demuestran los experimentos de Masaru Emoto, que el agua cristaliza de un modo u otro dependiendo de la música que escucha. Parece ser que los cristales más bellos los forman las composiciones de Mozart y de Bach, mientras que las cristalizaciones más chirriantes se forman con el heavy metal. Y, sin duda, hay mucha agua en nosotros (estamos hechos, dicen, de un setenta por ciento de agua). Es, por tanto, imposible que seamos insensibles a la música que sintonizamos. Dicha música configura en gran medida nuestro modo de ser. La cuestión, sin embargo, es si somos agua o, más bien, quienes flotamos en el agua. En el primer caso seríamos sandías. En el segundo, hombres y mujeres capaces de responder, aunque no sin pagar un alto precio, a la demanda infinita que procede del huérfano, la viuda, el extranjero… más allá de nuestro modo de ser. En cristiano, solo Dios puede hacernos capaces de Dios. Y Dios no es una vibración. Otra cosa es que la respuesta a esa demanda produzca nuestra transfiguración. Pero si la distinción entre cuerpo y alma (o cualquiera que revele la escisión que nos constituye) sigue siendo significativa, es porque la posibilidad de la regresión sigue estando ahí. En este sentido, no hay música que nos salve. Y todo porque no somos sandías.